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Aspergillus y aspergilosis |
| Luis Alcalá, Patricia Muñoz,
Teresa Peláez y Emilio Bouza
Servicio de Microbiología Clínica. Hospital General Universitario Gregorio Marañón. Madrid |
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Denominamos aspergilosis a los distintos síndromes clínicos producidos por Aspergillus. El género Aspergillus fue descrito por primera vez en 1729 por P. A. Micheli, quien comprobó que la cabeza conidial de este hongo se parecía a un "aspergillum" (instrumento utilizado para dispersar agua bendita). Aspergillus es un hongo filamentoso hialino ubicuo, productor de enfermedades de distribución universal que ocasionalmente pueden aparecer en forma de brotes hospitalarios tras obras de remodelación.
Se conocen unas 900 especies de Aspergillus, que Rapper y Fennell clasifican en 18 grupos, de los que sólo 12 se relacionan con enfermedad humana: Aspergillus fumigatus (85%), A. flavus (5-10%), A. niger (2-3%), A. terreus (2-3%), A. versicolor, A. nidulans, A. glaucus, A. clavatus, A. cervinus, A. candidus, A. flavipes y A. ustus. Esta clasificación se basa en las siguientes características morfológicas del hongo: tamaño y forma de las cabezas conidiales, morfología de los conidióforos, fiálides y métulas, y en la presencia de células de Hülle y de esclerocios. En la siguiente figura se muestran las principales estructuras morfológicas del género Aspergillus:

En la tabla 1 describiremos brevemente las características morfológicas de las principales especies implicadas en patología humana.
Aspergillus es un ejemplo de lo que denominamos "patógeno oportunista", es decir, que suele afectar a pacientes con mecanismos de defensa comprometidos. Entre los factores de patogenicidad de este hongo se encuentran:
La clasificación de las principales formas clínicas producidas por Aspergillus spp. se muestra en la tabla 2. Es esencial reconocer que Aspergillus puede ser un colonizador, causar enfermedad alérgica, infección local o ser responsable de cuadros invasivos de gran gravedad. Es labor del microbiólogo obtener la información clínica necesaria para poder diferenciar estas situaciones. Exponemos brevemente algunos ejemplos de las diversas infecciones causadas por este microorganismo.
Hemos comentado previamente los criterios diagnósticos de las principales aspergilosis superficiales, por lo que nos centraremos ahora en las invasoras. Aunque los datos clínicos y radiológicos son de gran ayuda, como hemos visto, el diagnóstico de aspergilosis invasora debe ser establecido mediante la combinación de datos histológicos (visualización de hifas compatibles con las de Aspergillus) y microbiológicos (visualización de hifas en el examen en fresco y aislamiento de Aspergillus en cultivo), dado que ninguno de ellos puede, por sí sólo, asegurar el diagnóstico. Las tinciones histológicas más utilizadas son la tinción de metenamina de plata y la de hematoxilina-eosina, aunque esta última no es útil cuando los tejidos están necrosados. La visualización en histología debe ser confirmada con el aislamiento en cultivo, ya que las hifas de Aspergillus son indistinguibles de las de Pseudallescheria boydii o Fusarium spp. Aspergillus crece bien en casi todos los medios de cultivo, tanto para bacterias como para hongos, aunque muchas especies son sensibles a la cicloheximida. La temperatura óptima de crecimiento es de 37º C pudiendo ser visibles los micelios a las 48 horas de incubación.
En ocasiones no es posible obtener una biopsia y el diagnóstico debe basarse solamente en los datos microbiológicos y en las manifestaciones clínicas. La visualización de hifas sugestivas de Aspergillus (hifas hialinas septadas de unos 2 µm de diámetro con ramificaciones dicotómicas en ángulos de 45º) en el examen directo de la muestra suele ser un dato con un alto valor predictivo de enfermedad en el contexto clínico adecuado. Algunos autores han demostrado recientemente que la centrifugación de la muestra y el examen en fresco del sedimento incrementa de forma importante la utilidad de este procedimiento. La visualización directa se realiza con KOH, con o sin componentes fluorescentes, como el blanco de calcoflúor. El examen en fresco para hongos de muestras procedentes de pacientes inmunodeprimidos debe ser realizado con rapidez y atención y por un experto, dado que la información que de él emane puede ser de trascendencia vital para el paciente. Por otra parte, es importante recordar que con frecuencia las muestras se han obtenido mediante técnicas agresivas para el paciente (fibrobroncoscopias, biopsias, punciones, etc.) por lo que son difíciles de reemplazar.
El aislamiento de Aspergillus de una muestra respiratoria de un paciente inmunodeprimido tiene un elevado valor predictivo positivo, aunque debe siempre considerarse la posibilidad de contaminación o de que refleje una mera colonización del tejido afectado. En cualquier caso, es un hallazgo que debe informarse con rapidez al médico responsable. En un estudio reciente realizado por Horvath y Dummer se comprobó que el valor predictivo positivo del cultivo de Aspergillus oscilaba entre el 82% de los trasplantados de médula ósea y el 14% en los pacientes seropositivos para el VIH. El aislamiento de numerosas colonias de Aspergillus, o hacerlo repetidamente, apoya la significación clínica de un resultados microbiológico.
Las pruebas inmunológicas de detección de anticuerpos constituyen un método diagnóstico de gran utilidad en los aspergilomas, ya que aproximadamente el 90% de los pacientes poseen anticuerpos detectables. La técnica más utilizada es la de inmunodifusión, aunque se han desarrollado otras con mayor sensibilidad, como el enzimoinmunoensayo (ELISA, BALISA), radioinmunoensayo y métodos de inmunofluorescencia indirecta. A diferencia de lo que ocurre con el aspergiloma, estas técnicas no son útiles en el diagnóstico de API.
Se están estudiando diversos métodos de detección de antígenos, como el galactomanano, o de sus metabolitos, como el d-manitol, tanto en el suero como en la orina u otros líquidos corporales. Las técnicas habitualmente utilizadas son el enzimoinmunoensayo, el immunoblotting y el radioinmunoensayo. Aunque estos métodos tienen una gran especificidad, su sensibilidad no es muy alta, debido al rápido aclaramiento de los antígenos del suero, que hace necesario un seguimiento prospectivo y seriado de los pacientes. En la actualidad no forman aún parte del conjunto de técnicas diagnósticas habitual en nuestros hospitales.
El desarrollo de técnicas de biología molecular o de detección antigénica puede dar lugar a métodos muy sensibles y rápidos que favorezcan el pronóstico de las aspergilosis más graves. Recientemente se ha desarrollado una PCR que amplifica una región de ADN ribosomal muy específica de Aspergillus fumigatus cuyos resultados preliminares son muy alentadores por su elevada sensibilidad y especificidad.
En las onicomicosis el tratamiento de elección es la extirpación de la uña afectada o, preferiblemente, la aplicación de sustancias queratolíticas como la urea o el tratamiento con antifúngicos como el itraconazol. Las otomicosis se tratan mediante la limpieza del conducto auditivo y con medidas correctoras de los factores locales predisponentes. Los aspergilomas son con frecuencia tratados quirúrgicamente, sobre todo cuando se acompañan de hemoptisis o invasión local. Cuando el procedimiento quirúrgico está contraindicado o en casos leves, el tratamiento con itraconazol ha dado buenos resultados. Se han utilizado también instilaciones intracavitarias con diversos antifúngicos, con resultados variables.
La anfotericina B intravenosa, a dosis de 0,7-1,5 mg/Kg/día, ha sido tradicionalmente el tratamiento de elección para pacientes con aspergilosis invasiva. En una revisión reciente de 2.121 casos de aspergilosis hubo una respuesta favorable a la anfotericina B en el 55% de los pacientes, aunque en trasplantados de médula ósea y en casos de aspergilosis cerebral la tasa de mortalidad fue superior al 95%.
La gran toxicidad de la anfotericina B ha dado lugar a la difusión del uso de derivados lipídicos, como la anfotericina liposomal, el complejo lipídico y la dispersión coloidal. Estas formulaciones disminuyen de forma muy importante la toxicidad y permiten administrar dosis mucho más elevadas (hasta 5mg/Kg/día). Su principal problema es su elevado precio.
El itraconazol es otro fármaco activo frente a Aspergillus que puede utilizarse bien como tratamiento de primera línea o como tratamiento de consolidación tras la administración inicial de anfotericina B. Se han obtenido buenos resultados con este fármaco en afecciones pulmonares, óseas y pericárdicas, entre otras. Es muy conveniente controlar los niveles séricos y prestar especial atención a las posibles interacciones medicamentosas. Se ha utilizado también combinaciones de anfotericina B con otros antifúngicos como la 5-fluorocitosina, o con rifampicina, aunque no hay resultados concluyentes.
En caso de endocarditis la sustitución valvular es el tratamiento de elección, mientras que en la endoftalmitis es necesario practicar una vitrectomía y administrar anfotericina B intravítrea y sistémica. El tratamiento quirúrgico de otras aspergilosis invasivas depende tanto del estado inmunológico del paciente como de la forma clínica.
Los enfermos neutropénicos con historia de aspergilosis pulmonar deben recibir anfotericina B intravenosa en cada episodio de aplasia para evitar recidivas. Actualmente se están realizando estudios sobre la eficacia profiláctica de instilaciones o inhalaciones nasales de anfotericina B en pacientes neutropénicos y trasplantados pulmonares; aunque el fármaco es bien tolerado, no hay aún resultados concluyentes sobre su eficacia. Otra forma profiláctica actualmente en estudio es la combinación de itraconazol oral con y sin anfotericina B intranasal.
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Negroni-Briz R, Pereiro-Miguens M. Micología médica
| Especie | Aspecto macroscópico | Aspecto microscópico | Comentarios | ||
| Micelio | Reverso | Conidióforo | Fiálides | ||
| A. fumigatus | Aterciopelado o aspecto de polvo. Color blanquecino que cambia a verde oscuro o gris | Blanco a marrón-rojizo | Cortos (<300µm) y lisos | Uniseriadas sobre el tercio superior de la vesícula, paralelos al eje del conidióforo | |
| A. flavus | Aterciopelado. Color amarillo verdoso o marrón | Dorado a marrón-rojizo | Longitud variable y rugosos | Uniseriadas o biseriadas que cubren completamente la vesícula | |
| A. niger | Lanoso. Color blanco-amarillento que cambia a negro | Blanco amarillento | Largos y lisos | Biseriadas que cubren completamente la vesícula | |
| A. terreus | Aterciopelado. Color canela | Blanco a marrón | Cortos (<250m) y lisos | Biseriadas agrupándose en forma tubular | Aparecen células hialinas redondas en el micelio sumergido en el agar |
| A. versicolor | Aterciopelado. | Color blanco que cambia a amarillo, naranja, marrón-rojizo, verde o rosa Blanco, amarillo, naranja o rojo | Largos y lisos | Biseriadas y vagamente radiadas cubriendo la mayoría de las vesículas | En ocasiones se visualizan células de Hülle |
| A. nidulans | Aterciopelado. Color verde. Cuando presenta cleistotecios color similar al del ante | Púrpura oscuro | Cortos (<250µm), lisos y marrones | Biseriadas | Cleistotecios con ascosporas de color rojizo. Habitualmente se observan células de Hülle |
| A. glaucus | Aspecto similar al fieltro. Color verde con zonas amarillentas | Amarillo a marrón | Longitud variable y lisos | Uniseriadas que cubren toda la vesícula | Cleistotecios frecuentemente presentes |
| A. clavatus | Aspecto similar al fieltro. Color verde-azulado | Blanco que suele cambiar a marrón | Largo y liso | Uniseriadas | Gran tamaño de la vesícula (200x40 µm) y de forma alargada |
Tabla 2. Cuadros clínicos más importantes producidos
por Aspergillus
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I. En el huésped normal
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| II. Enfermedad saprofítica |
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III. Infección asociada al daño tisular, la cirugía
o la presencia de cuerpos extraños
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IV. Infección en el huésped inmunodeprimido
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