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Las infecciones bacterianas son las más frecuentes en los receptores de trasplante y también las que ocasionan mayor mortalidad, aunque con notables diferencias según el tipo de trasplante como se recoge en la tabla I.
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Tabla 1. Frecuencia de las infecciones bacterianas en los diferentes tipos de trasplante
El diagnóstico es difícil por el amplio diagnóstico diferencial y por la atenuación de las manifestaciones clínicas. El tratamiento antimicrobiano está limitado por la interacción con los inmunosupresores y, por la toxicidad del injerto; y el pronóstico es peor que en la población no trasplantada. Por todo ello las infecciones bacterianas en los receptores de trasplante constituyen un capítulo con entidad propia dentro de la patología infecciosa que intentaremos recoger en este tema, resaltando especialmente el tratamiento de las mismas. Teniendo siempre en cuenta que el objetivo principal en el manejo del receptor de trasplante con sospecha de infección debe ser el diagnóstico precoz y el tratamiento específico de la misma.
La transmisión de bacterias a través del injerto, es un mecanismo patogénico exclusivo de los receptores de trasplante, es muy frecuente en el pulmonar que presenta colonización/infección bronquial del injerto hasta en el 50% de los casos y muy raro en los trasplantes de riñón, hígado, páncreas y corazón, normalmente estériles. La reactivación de infecciones adquiridas previamente, como Mycobacterium tuberculosis, es otro mecanismo de infección. Los restantes mecanismos de infección no difieren de la población no trasplantada y son la exposición a las bacterias del hospital y de la comunidad.
Los factores de riesgo para la infección bacteriana se pueden agrupar en factores pretrasplante, intraoperatorios y postrasplante.
Factores
de riesgo pretrasplante: creatinina elevada, diabetes mellitus, infección
bacteriana activa, receptor procedente de la UCI, retrasplante, infarto
pulmonar reciente y empleo de asistencia ventricular mecánica en el
trasplante cardíaco, hipertensión pulmonar en el trasplante
pulmonar y bilirrubina > 12 mg/dl en el hepático.
Factores de riesgo intraoperatorios:
tiempo quirúrgico prolongado, transfusión de hemoderivados
abundante, equipo quirúrgico con poca experiencia, anastómosis
de la vía biliar mediante coledocoyeyunostomía en el
trasplante hepático, disfunción diafragmática en el
trasplante cardíaco y pulmonar e, injerto colonizado/infectado en
el trasplante pulmonar.
Factores de riesgo postrasplante: los factores de riesgo de infección cambian con el período postrasplante y con ellos la frecuencia y la etiología de las infecciones. La frecuencia de infección es máxima durante el primer período postrasplante, tras el cual se reduce de forma continua hasta alcanzar una frecuencia similar a la de la población general después de 6-12 meses postrasplante. En el primer mes se acumulan la mayor parte de las infecciones bacterianas, coincidiendo con la exposición nosocomial. Durante el 2º-6º mes, la fase de mayor inmunosupresión, las infecciones bacterianas ocupan el segundo lugar tras las víricas; y aparecen las bacterias oportunistas. Después del sexto mes, con el órgano trasplantado normofuncionante y dosis mínimas de inmunosupresión, la frecuencia de las infecciones bacterianas se reduce hasta cifras similares a la población general y están causadas por bacterias patógenas de la comunidad. En la tabla 2 se recogen los principales factores de riesgo y la etiología de las infecciones bacterianas en los receptores de trasplante de órgano sólido. Esta cronología no es válida cuando el receptor de trasplante no evoluciona bien.
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Tabla 2. Principales factores de riesgo y etiología de la infección bacteriana en los períodos postrasplante de órgano sólido
El diagnóstico de las infecciones bacterianas en los receptores de trasplante es más difícil que en la población no trasplantada, porque el diagnóstico diferencial es mucho más extenso y sus manifestaciones clínicas pueden estar atenuadas. Los corticoides reducen o enmascaran la fiebre, la azatioprina y el micofenolato la leucocitosis y la neutropenia los infiltrados pulmonares en la radiografía de tórax y los signos inflamatorios de las lesiones cutáneas. La denervación del órgano trasplantado reduce la tos en el trasplante pulmonar y el dolor local del injerto en los trasplantes hepático y renal. Afortunadamente, frente a estas dificultades dos pistas facilitan el diagnóstico. La primera, ya expuesta anteriormente, es que la cronología de la infección tiene un patrón característico en cada período postrasplante. La segunda es que cada tipo de trasplante tiene también su propio patrón de infecciones bacterianas como se muestra en la tabla 3.
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Tabla 3. Principales infecciones bacterianas en los receptores de trasplante
Trasplante renal
La infección urinaria es la infección bacteriana más común y la primera causa de bacteriemia. Predomina en los tres primeros meses y la manifestación más frecuente es la bacteriuria asintomática. La pielonefritis se presenta con fiebre y deterioro de la función renal y sólo en ocasiones se acompaña de dolor a nivel del injerto. La etiología principal son las enterobacterias, con E.coli a la cabeza, y Enterococcus spp. entre los gram positivos. En la mitad de los casos se debe a complicaciones de la técnica quirúrgica (fístulas, estenosis y/o reflujo de la vía excretora, hematoma perinefrítico) por lo que la ecografía urgente debe formar parte de la valoración inicial de los pacientes con sospecha de pielonefritis.
Trasplante hepático
Las infecciones del lecho quirúrgico (antes llamadas de la herida quirúrgica) son las más frecuentes, están causadas principalmente por bacterias y comprenden la infección superficial y profunda de la herida, abscesos intrahepáticos y extrahepáticos, colangitis y peritonitis. En estas infecciones además del tratamiento antimicrobiano precoz es con frecuencia necesario el tratamiento quirúrgico de la complicación primaria. El absceso hepático precoz, perihiliar, es con gran probabilidad una complicación de la vía biliar, que se debe a problemas quirúrgicos de la misma o a trombosis de la arteria hepática. En la valoración inicial de los receptores de trasplante hepático con fiebre o con bacteriemia sin focalidad, especialmente si es por bacilos gram negativos, está indicada la realización urgente de una eco-doppler abdominal. La colangitis se manifiesta por fiebre e ictericia pero sin dolor en el hipocondrio derecho, por lo que puede pasar inadvertida. Los hemocultivos, generalmente positivos, ayudan al diagnóstico. La biopsia hepática que muestra infiltrados de neutrófilos alrededor de los conductillos biliares y descarta otras causas de ictericia, puede ser necesaria para establecer el diagnóstico definitivo. El diagnóstico de colangitis condiciona realizar un estudio de la vía biliar, en busca de estenosis u obstrucción de la misma, tras la ecografía inicial, la colangiografía endoscópica o bien la colangioresonancia serían las técnicas de elección.
Trasplante cardíaco
La neumonía es la infección bacteriana más frecuente. En el primer mes postrasplante está causada por bacterias de adquisición nosocomial, P aeruginosa, A. baumannii, enterobacterias, S. aureus y L. pneumophila. Posteriormente por patógenos de la comunidad, S. pneumoniae, H. influenzae, M. catarrhalis, Legionella spp y, por las bacterias oportunistas, M. tuberculosis, N. asteroides y R. equi. La mediastinitis es una complicación principalmente bacteriana que se manifiesta en las primeras semanas postrasplante cardíaco y pulmonar. La incidencia es menor del 3% y los microorganismos causales predominantes son S. aureus y S. epidermidis y, en segundo lugar, bacilos gram negativos. M. hominis y Legionella spp. se han descrito como causas inusuales. La endocarditis es rara.
Trasplante pulmonar
La incidencia de infecciones bacterianas es más elevada que en ningún otro tipo de trasplante, porque la ablación del reflejo de la tos por debajo de la anastomosis traqueal o bronquial, la alteración del aclaramiento mucociliar, la infección transmitida desde el pulmón nativo, el contacto directo del órgano trasplantado con el ambiente y la bronquiolitis obliterante son factores de riesgo únicos de estos pacientes. La neumonía es por todo ello la infección bacteriana más frecuente, y predomina en las primeras semanas postrasplante. Los bacilos gram negativos son la etiología principal, y en los pacientes con fibrosis quística P. aeruginosa y B. cepacia. La neumonía tardía, después de los 3-6 meses postrasplante es una manifestación de la bronquiolitis obliterante del injerto y los bacilos gram negativos son la principal causa.
Trasplante de páncreas
La infección del lecho quirúrgico es la principal infección bacteriana, seguida de la infección urinaria cuando el drenaje de las secreciones pancreáticas se aboca a la vejiga urinaria. S.aureus es la etiología más común, seguida de Streptococcus spp., Enterococcus spp. y enterobacterias.
El diagnóstico precoz y el tratamiento específico es el objetivo principal en el manejo de las infecciones bacterianas en los receptores de trasplante, solo así se asegura la máxima eficacia y la menor toxicidad. Para ello es necesario conocer las interacciones entre los antimicrobianos y los inmunosupresores, la influencia del tipo de trasplante y la existencia de infecciones singulares de los receptores de trasplante que necesitan pautas de tratamiento diferentes a las de la población no trasplantada.
Toxicidad de los antimicrobianos en los receptores de trasplante
Los antimicrobianos pueden ocasionar efectos adversos en los receptores de trasplante por dos mecanismos: por interacción farmacológica y por suma de toxicidades.
La interacción farmacológica sucede con los antimicrobianos que utilizan el sistema del citocromo P-450 3A hepático, principal ruta metabólica de la ciclosporina y del tacrolimus. Los antimicrobianos que inhiben este sistema aumentan las concentraciones en suero de ambos inmunosupresores, la nefrotoxicidad y la neurotoxicidad. Por el contrario, los antimicrobianos que inducen el citocromo P-450, aumentan el metabolismo de ciclosporina/tacrolimus, reducen sus niveles en suero y aumentan el riesgo de rechazo agudo. No se han descrito interacciones significativas entre los antimicrobianos y los restantes inmunosupresores (azatiopirina, mofetil-micofenolato y prednisona) habitualmente utilizados en los receptores de trasplante. La suma de efectos adversos comunes, principalmente la nefrotoxicidad, como sucede con la combinación de aminoglucósidos con ciclosporina o tacrolimus, es el otro mecanismo de toxicidad en los receptores de trasplante. En la tabla 4 se recogen los principales efectos adversos del tratamiento combinado con antimicrobianos y ciclosporina o tacrolimus.
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Tabla 4. Interacciones con repercusión clínica de los antimicrobianos con ciclosporina y tacrolimus
# = A
dosis elevadas y por vía intravenosa
= Eritromicina lactobionato por vía intravenosa
ND = No descrito
La importancia de la interacción está representada con:
= gran reducción
y
= aumento leve
= aumento moderado
La importancia del efecto adverso está representada con:*** =
riesgo elevado, **=moderado y * = leve
Existen otras interacciones entre los antimicrobianos y ciclosporina/tacrolimus, pero sin repercusión clínica. Se ha descrito una interacción positiva de la combinación de imipenem-cilastina con ciclosporina que parece reducir la toxicidad renal de la ciclosporina, por un efecto protector de las células del túbulo renal por la cilastina. En pacientes con antecedentes de crisis convulsivas, o con neurotoxicidad secundaria a CsA o tacrolimus es aconsejable evitar imipenem.
Rifampicina
Es un potente inductor del citocromo P-450 de acción rápida y sostenida, que produce una caída rápida de los niveles de ciclosporina y de tacrolimus con alto riesgo de rechazo y por ello se debe evitar en los receptores de trasplante. En los casos que se considere imprescindible su uso, se debe aumentar la dosis de ciclosporina desde el principio del tratamiento combinado, al menos dos veces la dosis basal y monitorizar diariamente sus niveles hasta alcanzar las concentraciones apropiadas de forma estable, lo que suele ser difícil.
Macrólidos
La eritromicina incrementa los niveles séricos de ciclosporina porque aumenta su absorción gastrointestinal y sobre todo porque inhibe su metabolismo por el citocromo P-450, con lo cual aumenta la toxicidad de la ciclosporina, especialmente la nefrotoxicidad. La eritromicina en su formulación de lactobionato, por vía intravenosa a dosis altas, se ha asociado con una elevada frecuencia de ototoxicidad reversible en receptores de trasplante renal. Por ello es aconsejable evitar la eritromicina por vía intravenosa. La claritromicina y los demás macrólidos con anillo de 14 átomos tienen una interacción similar a la eritromicina. La azitromicina, no se metaboliza por el citocromo P-450, por lo que parece el macrólido más adecuado, pero la experiencia clínica es escasa y se deben controlar los niveles de ciclosporina o tacrolimus cuando se usen combinados.
Aminoglucósidos
Los aminoglucósidos no interfieren el metabolismo de la ciclosporina/tacrolimus pero el tratamiento combinado es muy nefrotóxico por la suma de toxicidad renal. Se han descrito numerosos casos de fracaso renal agudo secundario a esta combinación por lo que los aminoglucósidos se deben evitar. Cuando su uso se considere indicado, como en las infecciones graves (neumonía y sepsis grave) por P. aeruginosa, hay que monitorizar la función renal y los niveles plasmáticos de ambos fármacos, administrar los aminoglucósidos en dosis única diaria y suspenderlos lo antes posible o siempre que aparezcan los primeros signos de toxicidad renal.
Cotrimoxazol.
Combinado con ciclosporina a dosis altas y por vía intravenosa se asocia con insuficiencia renal reversible en el 11% de los casos, por adición de toxicidad (el cotrimoxazol produce nefritis intersticial), que es más frecuente aún en el trasplante renal. Incrementa 2 a 3 veces los niveles de tacrolimus en sangre por un mecanismo no bien conocido, por lo que su uso combinado debe ser monitorizado cuidadosamente, reduciendo los niveles de tacrolimus para evitar toxicidad. En receptores de trasplante en tratamiento con azatiopirina, la combinación con cotrimoxazol se ha asociado con mayor riesgo de mielotoxicidad.
Betalactámicos
La interacción de la ciclosporina con los betalactámicos no se ha descrito excepto con nafcilina que incrementa la nefrotoxicidad por un mecanismo desconocido. Los betalactámicos son los antimicrobianos más seguros en los receptores de trasplante. Pero a dosis elevadas, especialmente en pacientes con disminución de la función renal, pueden ocasionar neurotoxicidad similar a la ocasionada por ciclosporina o tacrolimus, por lo que hay que ajustar la dosis del betalactámico al aclaramiento de creatinina del paciente. Imipenem no debe emplearse en pacientes con patología neurológica, incluida la neurotoxicidad por ciclosporina o tacrolimus, así como combinado con ganciclovir dada su potencial neurotoxicidad.
Metronidazol
El tratamiento combinado con metronidazol y ciclosporina oral y tacrolimus intravenoso, puede desencadenar una reacción disulfiram (vasodilatación, hipotensión, dolor torácico, debilidad y confusión), porque ambas formulaciones contienen alcohol. Esta reacción también es posible con las cefalosporinas que contienen un grupo metiltiotetrazol en su formulación como cefminox, cefoperazona, cefotetan y cefmetazol. Esta inteacción es por ahora solo potencial ya que no ha sido descrita en la clínica.
Cloranfenicol
Se metaboliza por el citocromo P-450, por lo que puede aumentar los niveles de ciclosporina o tacrolimus. La transcendencia clínica de esta interacción es desconocida, se aconseja precaución y vigilancia de los niveles plasmáticos cuando se realice tratamiento combinado.
Quinupristin-Dalfopristin
De estructura similar a la de los macrólidos, es un potente inhibidor del citocromo P-450 isoenzima 3A por lo que existe riesgo de incremento de los niveles de tacrolimus o de ciclosporina, pero la experiencia clínica de tratamiento combinado es escasa. Por ello cuando se utilice combinado con ciclosporina o tacrolimus es necesario monitorizar los niveles del inmunosupresor y ajustar la dosis.
Tratamiento empírico de los principales síndromes clínicos de etiología bacteriana común.
En el receptor de trasplante con sospecha de infección el objetivo principal es el diagnóstico precoz y el tratamiento específico de la misma. Por ello el tratamiento empírico está indicado cuando la situación del paciente es grave y/o cuando la etiología bacteriana es probable. No se debe iniciar sin la toma de muestras para el diagnóstico microbiológico. La tinción de Gram es muy útil para dirigir el tratamiento inicial. En la tabla 5 se recogen las recomendaciones para el tratamiento empírico de los principales síndromes clínicos.
Tratamiento antimicrobiano de las infecciones producidas por microorganismos singulares.
Burkholderia cepacia es una causa de neumonía y de infecciones respiratorias precoces y recurrentes en los receptores de trasplante pulmonar por fibrosis quística, por reactivación de infecciones adquiridas en la fase pretrasplante. Son bacterias muy resistentes a los antimicrobianos e incluso panresistentes, por lo que el tratamiento cuando es posible debe ser guiado por el antibiograma a las dosis máximas y prolongarse durante al menos 2-3 semanas.
Legionella spp. Las infecciones por Legionella (L.pneumophila, L. micdadei, L. bozemanii y L. feelii), son más frecuentes en los receptores de trasplante. Causan una neumonía indistinguible de otras de etiología bacteriana y su adquisición es tanto nosocomial como comunitaria. En los brotes de neumonía nosocomial por Legionella, los receptores de trasplante son los primeros en enfermar, de ahí la denominación acuñada por el Dr. Rubin de pacientes centinela, de gran interés epidemiológico.
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Tabla 5. Tratamiento empírico* de las principales infecciones bacterianas en los pacientes trasplantados.
* Este tratamiento empírico está limitado exclusivamente a la etiología bacteriana, por lo que en aquellos casos de neumonía en los que se sospeche otra etiología (virus, hongos, parásitos), se deberá considerar la necesidad de añadir tratamiento específico para estos microorganismos, como se recoge en otros capítulos.
Las nuevas quinolonas son el tratamiento de elección de la neumonía por Legionella en los receptores de trasplante. Moxifloxacino y levofloxacino tienen más actividad in vitro frente a Legionella que ciprofloxacino y ofloxacino, pero la experiencia clínica con ellas también es menor. Levofloxacino (500 mg/12 h iv.) es probablemente el tratamiento de elección en las neumonías graves por Legionella en los receptores de trasplante. En estos casos se vigilará diariamente los niveles de tacrolimus o de ciclosporina que pueden elevarse. La duración del tratamiento es de 3 semanas, aunque en receptores de trasplante de progenitores hematopoyéticos se han descrito recidivas después de 3 semanas de tratamiento.
Nocardia spp., principalmente Nocardia asteroides, es una causa de neumonía de presentación subaguda y de patrón nodular en la radiografía. Puede acompañarse de afectación cerebral, abscesos o meningitis, y también cutánea. Los corticoides a dosis elevadas son el principal factor de riesgo. Requiere medios de crecimiento selectivos, por lo que es necesario informar al laboratorio de microbiología de la sospecha diagnóstica. La determinación de la sensibilidad a los antimicrobianos está indicada en las siguientes circunstancias: ausencia de respuesta al tratamiento inicial, infección por especies relativamente resistentes a las sulfonamidas (N. farnicia y N. otitidis-caviarium) o intolerancia grave a las sulfonamidas. Recientemente se han empleado el E-test y el BACTEC radiométrico para la determinación de la sensibilidad, pero es aconsejable confirmarla por un centro de referencia porque no está bien estandarizada.
El tratamiento de esta infección es médico y ocasionalmente quirúrgico. Las sulfonamidas solas o más recientemente combinadas con trimetoprim son el antimicrobiano de elección. La dosis inicial aconsejada es de 10-15 mg/kg de trimetoprim (TMP) y 50-75 mg/kg de sulfametoxazol (SMX) dividida en 2 a 4 veces al día y por vía oral o intravenosa durante 3-6 semanas, para continuar después con dosis de 5 mg/kg/día de TMP y 25 mg/kg/día de SMX por vía oral. La mejoría clínica debe aparecer en la primera semana de tratamiento, en caso contrario se debe sospechar resistencia primaria, limpieza quirúrgica insuficiente o coinfección por otro oportunista. La duración del tratamiento en la nocardiosis pulmonar, neurológica y diseminada debe ser de al menos 12 meses. En las formas cutáneas primarias puede ser de 3 meses, si el grado de inmunosupresión y de limpieza quirúrgica lo permiten. El tratamiento alternativo más utilizado es la combinación de imipenem más amikacina (10-15 mg/kg/día), que en estos pacientes conlleva mayor riesgo de neurotoxicidad y de nefrotoxicidad.
Rhodococcus equi es una causa muy rara de neumonía cavitada en los receptores de trasplante. Imipenem (500 mg/6h) i.v. más vancomicina (1 g/12 h) i.v. es el tratamiento de elección, durante al menos 14 días, posteriormente se debe continuar según el antibiograma pero teniendo en cuenta que el tratamiento debe incluir dos antimicrobianos con buena penetración intracelular y uno de ellos debe ser un macrólido. En los receptores de trasplante azitromicina parece el macrólido de elección.
Salmonella spp. Las infecciones por Salmonella no typhi eran 20 veces más frecuentes en los receptores de trasplante, especialmente después del tratamiento del rechazo. Afortunadamente la generalización de la profilaxis con cotrimoxazol para la neumonía por P. carinii ha reducido esta elevada incidencia. La fiebre con bacteriemia es la forma de presentación más común, pero puede ocasionar afectación de cualquier órgano. El tratamiento antimicrobiano de la gastroenteritis por Salmonella, que no está indicado en inmunocompetentes, podría ser beneficioso en los receptores de trasplante por la mayor frecuencia de bacteriemia y de complicaciones supuradas que ocasiona. Las cefalosporinas de tercera generación, ceftriaxona o cefotaxima, y las fluorquinolonas son el tratamiento empírico de elección. La duración del tratamiento de la bacteriemia no complicada por Salmonella en los receptores de trasplante no está definida. Parece razonable seguir la pauta establecida en los pacientes con SIDA, de 1 a 2 semanas por vía intravenosa seguido de 4 semanas con una fluorquinolona (ciprofloxacino u ofloxacino) por vía oral con el objetivo de erradicar el microorganismo y evitar la recurrencia de la bacteriemia.
Listeria monocytogenes. Las infecciones por L. monocytogenes predominan en los dos primeros meses postrasplante, aunque por las misma razón comentada en el caso de las infecciones por Salmonella, su incidencia actual es escasa. Su frecuencia está relacionada con la exposición a comidas contaminadas y con el grado de inmunosupresión. La meningitis, con o sin abscesos cerebrales, es el síndrome clínico más común. La bacteriemia frecuentemente acompaña a la meningitis. No existen estudios controlados sobre el tratamiento de las infecciones por L. monocytogenes. Se recomienda ampicilina (200 mg/kg/día) más gentamicina (5 mg/kg/día) durante 2 semanas en la bacteriemia, 3 en la meningitis y 6 semanas si hay abscesos cerebrales. La adición de gentamicina se basa exclusivamente en datos in vitro y experimentales de sinergia con ampicilina, por lo que en pacientes con deterioro de la función renal se puede considerar la monoterapia con ampicilina. Cotrimoxazol (TMP 10-15 mg/kg/día y SMX 50-75 mg/kg/día), en los casos de alergia a la penicilina, es la mejor alternativa terapeútica.
Enterococcus spp. vancomicin resistente es cada vez más importante como causa de brotes de infecciones nosocomiales, especialmente en receptores de trasplante hepático y de progenitores hematopoyéticos en centros americanos. Las posibilidades terapeúticas, especialmente para E. faecium, son muy limitadas. Cloranfenicol se ha utilizado con malos resultados en 16 receptores de trasplante hepático. Más eficaz ha sido el tratamiento con quinupristin/dalfopristin, a dosis de 7.5 mg/kg/8 h iv. y durante 14 días, en un estudio abierto en 156 pacientes, incluidos receptores de trasplante, alcanzando la curación clínica y microbiológica en el 65.8% de los casos. Similares resultados se han referido con linezolid (600 mg/12 h iv. durante 20 días) en 15 pacientes con infecciones por enterococo vancomicin resistente, incluídos 5 receptores de trasplante hepático. La experiencia clínica con estos dos antimicrobianos es tan limitada, que hace necesario la monitorización estrecha de los niveles de ciclosporina y de tacrolimus para evitar toxicidad.
Mycobacterium tuberculosis. La incidencia de tuberculosis en nuestro país entre los receptores de trasplante es unas 20 veces superior a la de la población general y la mortalidad relacionada es del 20%. La tuberculosis pulmonar es la principal forma de presentación, pero las formas extrapulmonares y diseminadas son comunes. No existen ensayos controlados que establezcan el tratamiento de elección en estos pacientes. Se conoce que con el tratamiento convencional (isoniacida + rifampicina + pirazinamida) la respuesta clínica y microbiológica es similar a la de la población no trasplantada, pero la toxicidad hepática es más elevada, sobre todo en el trasplante hepático y el riesgo de rechazo, como consecuencia de la interacción rifampicina-inmunosupresores, es mayor. En un estudio abierto realizado por GESITRA sobre el tratamiento de la tuberculosis en receptores de trasplante de órgano sólido con ciclosporina, los pacientes que recibieron rifampicina tuvieron más frecuencia de rechazo grave. Por ello la rifampicina se debe evitar en los receptores de trasplante.
Se recomienda como tratamiento de elección isoniacida (5 mg/kg/día máximo 300 mg/día) más pirazinamida (25 mg/kg/día máximo 2 g/día) más etambutol (25 mg/kg/día máximo 1500 mg/dia) durante los 2 primeros meses, seguido de isoniacida más etambutol (15 mg/kg/día) durante 16 meses. En receptores de trasplante hepático, las nuevas quinolonas, con preferencia levofloxacino, por su mejor actividad in vitro, son una posible alternativa a la isoniacida.
Mycobacterium no tuberculosis. Causan lesiones nodulares cutáneas, osteoarticulares y pulmonares de evolución tórpida, pero también pueden ocasionar formas agudas y diseminadas con participación pulmonar importante. El tratamiento de elección de estas infecciones no ha sido establecido. La limpieza quirúrgica y la eliminación de los cuerpos extraños asociados a la infección, son la base fundamental y pueden ser tratamiento suficiente en las formas localizadas. El tratamiento antimicrobiano está indicado en las infecciones pulmonares y en las formas diseminadas. En las causadas por M. avium complex debe incluir al menos dos antimicrobianos activos: azitromicina (500 mg/día) más etambutol (15 mg/kg/día). En el caso de añadir un tercer antimicrobiano, se podría sustituir la rifampicina por levofloxacino (500 mg/día) pero la actividad in vitro es menor que frente a otras micobacterias y no existe experiencia clínica. La duración del tratamiento debe ser de al menos 1 año después de la negativización del cultivo de esputo. M. kansasi también ocasiona lesiones pulmonares, el tratamiento recomendado en la población general es con isoniacida más rifampicina más etambutol y la duración la misma que para M. avium. En los receptores de trasplante no hay datos para hacer una recomendación, aunque parece lógico sustituir la rifampicina por levofloxacino que es la quinolona con mejor actividad in vitro.
Los virus son la causa más frecuente de infección en el paciente sometido a un trasplante de órgano sólido. Su importancia se basa en su capacidad para producir una significativa morbi/mortalidad, un notable incremento de la estancia hospitalaria y un aumento en los costes de atención del paciente trasplantado. En la compleja interacción existente entre el órgano trasplantado, el tratamiento inmunosupresor y la respuesta inmunológica frente a los virus, éstos últimos han demostrado favorecer la aparición de ciertas formas de rechazo y disfunción del injerto, la facilitación de otras infecciones y la aparición de neoplasias.
La quimioterapia antivírica ha conocido un importante desarrollo en los últimos 10 años, de tal manera que nuestras posibilidades actuales para tratar las infecciones producidas por virus en pacientes inmunodeprimidos son mucho mayores en estos momentos. Asimismo, es probable, que en los próximos años muchas infecciones víricas hasta ahora escasamente accesibles al tratamiento antivírico puedan ser tratadas satisfactoriamente.
Los virus pertenecientes a la familia de los herpesvirus, son los que más frecuentemente infectan al paciente trasplantado. La importancia de los herpesvirus en esta población se justifica por su ubicuidad y por su capacidad de producir latencia, lo que permite al virus reactivarse y comenzar su ciclo replicativo en condiciones en las que, como en el trasplante, existe una disminución de la vigilancia inmune. El paciente trasplantado puede desarrollar una infección por un virus de la familia herpesvirus, bien por reactivación de una infección latente adquirida antes del trasplante o por su adquisición a través del órgano trasplantado o de los productos hemáticos administrados durante el acto quirúrgico. Como regla general la infección adquirida por esta última vía es más grave.
Infección por citomegalovirus
La infección por citomegalovirus (CMV) es la más frecuente en el paciente trasplantado. De manera global el 60-90% de los receptores de trasplante de órgano sólido se infectan por CMV tras el trasplante. Más aún, en ausencia de profilaxis el 25-50% de los pacientes trasplantados experimentarán enfermedad clínicamente relevante por el virus.
Es conveniente aclarar que el simple aislamiento de CMV en una muestra clínica, incluida la sangre, no es en absoluto sinónimo de enfermedad por este virus y no debe ser tratado con antivíricos. Es un error bastante frecuente en pacientes trasplantados atribuir a CMV cuadros clínicos producidos por otras causas, simplemente por el aislamiento del virus en alguna muestra, hecho extremadamente frecuente y en muchos casos irrelevante. Es en este sentido de gran ayuda para el clínico utilizar para el diagnóstico de la enfermedad por CMV, y por tanto delimitar aquellos receptores que deben ser tratados, las definiciones internacionalmente aceptadas (ver anexo 1).
La enfermedad por CMV en el paciente sometido a un trasplante de órgano sólido aparece generalmente entre el 2º y el 3º mes tras la cirugía. Las manifestaciones clínicas son variadas, pudiendo producir desde un síndrome febril con o sin leucotrombocitopenia sin evidencia de afectación visceral, hasta una enfermedad diseminada. La retinitis es excepcional, al contrario de lo que ocurre en los pacientes con SIDA, la neumonitis es menos frecuente que en los receptores de un trasplante de médula ósea y con frecuencia existe afectación del injerto.
Tal como se ha indicado previamente la adquisición de la infección por CMV a través del órgano trasplantado (receptor seronegativo frente a CMV que recibe un órgano procedente de un donante seropositivo) o de los productos sanguíneos utilizados durante la cirugía, coloca al receptor en grave riesgo de desarrollar una enfermedad por CMV. La utilización de sueros antilinfocíticos supone, también, un incremento del riesgo de padecer una infección grave por este virus.
Ganciclovir es el tratamiento de elección de la enfermedad por CMV en el paciente trasplantado. Su eficacia por vía intravenosa, sin necesidad de modificar el tratamiento inmunosupresor, no ha sido establecida en estudios aleatorizados ni controlados con placebo, pero sí en numerosos estudios terapeúticos abiertos.
Los efectos secundarios de ganciclovir intravenoso en el paciente trasplantado son menos frecuentes que en el paciente con SIDA e incluyen: mielotoxicidad (sobre todo leucopenia), eosinofilia, náuseas y vómitos, diarrea, convulsiones, síndrome confusional, rash cutáneo y raramente alteración de la bioquímica hepática. La función renal y hematológica debe ser vigilada mientras los pacientes reciben ganciclovir. Generalmente, la toxicidad medular puede controlarse reduciendo la dosis de ganciclovir, pero en algunos casos es necesario suspender la medicación. Algunos autores recomiendan la utilización de factor estimulante de colonias (G-CSF) para mantener el tratamiento con ganciclovir en presencia de neutropenia grave. Tanto la toxicidad renal como la neurológica se incrementan por su utilización simultánea con ciclosporina. La influencia de la utilización de ganciclovir sobre los niveles de ciclosporina o tacrolimus es controvertida, pero algunos autores sugieren que pueden aumentarlos discretamente.
La eficacia del tratamiento con ganciclovir en el paciente trasplantado está generalmente por encima del 80%. Sin embargo, el 15-20% de los pacientes tratados experimentan una recidiva de la infección en los 30 días siguientes a la finalización del tratamiento. Este fenómeno es especialmente frecuente en los receptores seronegativos que reciben un órgano seropositivo, y en aquellos pacientes que mantienen una antigenemia positiva tras 14 días de tratamiento, y suele responder favorablemente a un nuevo tratamiento con ganciclovir.
La
actitud a tomar con el pequeño porcentaje de receptores que no
evolucionan adecuadamente con ganciclovir es controvertida. La posibilidad
de resistencia a ganciclovir no es desdeñable, sobre todo si el
enfermo ha recibido este fármaco profilácticamente. En los
casos en los que la resistencia es poco probable, algunos autores
recomiendan monitorizar los niveles de ganciclovir.
Con
los datos disponibles actualmente, no debe utilizarse ganciclovir oral en
el tratamiento de la enfermedad por CMV en el paciente trasplantado.
Existe escasa experiencia sobre la utilización de foscarnet en el tratamiento de la infección grave por CMV en pacientes trasplantados. En ausencia de nuevos datos la utilización de foscarnet debe reservarse para aquellos enfermos con intolerancia o que no responden al tratamiento con ganciclovir. Conviene recordar que la resistencia a foscarnet es excepcional entre las cepas de CMV resistentes a ganciclovir. El gran inconveniente de foscarnet para su utilización en pacientes trasplantados es la nefrotoxicidad que se incrementa de manera notable con el uso simultáneo de ciclosporina o tacrolimus.
Infección por el virus Herpes simple
La
reactivación del virus herpes simple (VHS) en el paciente
trasplantado condiciona la aparición de lesiones de la mucosa oral
o genital en, aproximadamente, 1/3 de los pacientes en ausencia de
profilaxis. La infección suele aparecer durante las primeras 3-4
semanas tras el trasplante, y suele ser leve. Sin embargo, algunos
pacientes pueden presentar lesiones ulcerativas graves y complicarse con
sobreinfección bacteriana y con afectación esofágica.
Excepcionalmente, la reactivación
o la infección primaria por VHS puede causar neumonitis, hepatitis,
traqueobronquitis o infección diseminada; cuadros muy graves y con
elevada mortalidad.
El tratamiento con aciclovir es eficaz en el tratamiento de la infección por VHS en el paciente trasplantado. Aciclovir es un fármaco generalmente bien tolerado, aunque potencialmente puede producir inflamación en el lugar de infusión, toxicidad renal por precipitación y cristalización, confusión, delirio, convulsiones, náuseas y rash cutáneo. La dosis de aciclovir ha de ajustarse siempre a la función renal y se debe instruir al paciente para que mantenga una ingesta hídrica abundante. Las infecciones mucosas leves producidas por VHS deben tratarse con aciclovir oral, reservándose la formulación intravenosa para las formas graves y para la afectación visceral.
Famciclovir y valaciclovir han demostrado su eficacia para el tratamiento de las infecciones por VHS, aunque no específicamente en pacientes trasplantados. En todo caso, no hay ninguna razón para dudar de su efectividad en esta población y constituyen una alternativa razonable al aciclovir oral en el tratamiento de la infección muco-cutánea leve producida por VHS.
Ganciclovir y foscarnet son también eficaces en el tratamiento de la infección por VHS pero son claramente más tóxicos que aciclovir. En el caso de foscarnet su utilización debe reservarse para el tratamiento de cepas de VHS resistentes a aciclovir.
Infección por el virus varicela-zoster
Como es bien conocido la infección por el virus varicela-zoster (VVZ) causa dos entidades clínicas distintas en la primoinfección (varicela) y en la reactivación (herpes zoster). La mayor parte de los pacientes trasplantados adultos son seropositivos para VVZ, por lo que no están en riesgo de desarrollar varicela. La incidencia de zoster en los receptores de un trasplante de órgano sólido oscila entre el 5-13%, y suele acontecer a partir del sexto mes post-trasplante. La primoinfección puede ocurrir en cualquier momento tras el trasplante, no existiendo evidencia de que la infección por VVZ se transmita a través del órgano trasplantado.
El zoster en la población trasplantada no se diferencia del que se observa en otro tipo de pacientes, aunque con mayor frecuencia existe afectación de más de un dermatoma. La varicela, raramente, puede cursar como una grave infección diseminada con neumonía hemorrágica, encefalitis, pancreatitis, hepatitis y coagulación intravascular diseminada.
Aciclovir es el tratamiento de elección de la infección por VVZ en el paciente trasplantado. En general la administración de aciclovir debe ser por vía intravenosa, aunque la administración oral es eficaz en el tratamiento del zoster localizado en un solo dermatoma. En este último caso famciclovir y valaciclovir pueden ser alternativas válidas. Como en el caso del VHS, foscarnet debe reservarse para el tratamiento de cepas de VVZ resistentes a aciclovir. Ganciclovir no tiene actividad clínicamente significativa frente al VVZ.
Infección por el virus Herpes humano tipo 6
La importancia real de la infección por el herpesvirus humano tipo 6 (VHH-6) en los pacientes trasplantados no se conoce todavía con exactitud. En todo caso, este virus se ha asociado en esta población a cuadros febriles en las primeras semanas post-trasplante, a casos de meningoencefalitis, neumonitis, hepatitis y aplasia medular.
Aunque
la experiencia en el tratamiento de la infección por VHH-6 en
pacientes trasplantados es escasa, los estudios de sensibilidad "in
vitro" han mostrado que su sensibilidad a los antivíricos es
similar a la del CMV. Ganciclovir, por tanto, es el tratamiento de elección
de las infecciones por este virus en esta población.
El tratamiento antivírico de las
infecciones por CMV, VHS, VVZ, VHH-6 en el paciente trasplantado se
resumen en la tabla 1.
Infección por el Virus de Epstein-Barr:
La
infección por el virus de Epstein-Barr (VEB) en el paciente
trasplantado puede producir un cuadro de mononucleosis infecciosa similar
al del paciente inmunocompetente, pero también puede asociarse con
el desarrollo de enfermedad linfoproliferativa post-trasplante (ELPT). El
espectro de esta última entidad es bastante amplio e incluye, tanto
la proliferación policlonal sin criteros diagnósticos de
linfoma, como la proliferación monoclonal linfomatosa.
La
incidencia de ELPT en los pacientes trasplantados oscila entre el 1-14%,
siendo mayor en población pediátrica y en el trasplante
intestinal, de pulmón y de páncreas-riñón. El
proceso es muchas veces multifocal, con frecuente afectación
visceral y un predominio llamativo de compromiso del órgano
trasplantado.
La seronegatividad del receptor frente
al VEB antes del trasplante, la utilización de OKT3 para el
tratamiento del rechazo, la terapéutica con tacrolimus y el
desarrollo de infección sintomática por CMV son factores de
riesgo para el desarrollo de ELPT asociada al VEB.
El tratamiento de las diferentes
entidades clínicas producidas por el VEB en el paciente
trasplantado se exponen en la tabla 2.
Infección por el virus Herpes tipo 8 (herpes asociado al Sarcoma de Kaposi)
En los últimos años, múltiples estudios han demostrado la fuerte asociación existente entre la infección por el virus herpes tipo 8 y el sarcoma de Kaposi. Esta neoplasia es relativamente común entre los pacientes trasplantados, presentándose en muchas ocasiones, no sólo con lesiones cutáneo-mucosas, sino con afectación visceral. La utilización de fármacos antivíricos en el tratamiento del sarcoma de Kaposi es de momento anecdótica. Sin embargo, la administración de foscarnet pudiera tener alguna eficacia en el tratamiento de esta neoplasia. En todo caso en los pacientes trasplantados no existe ninguna experiencia comunicada sobre la utilización de este fármaco antivírico en esta indicación.
La infección por virus respiratorios en el paciente trasplantado es común, tal como ocurre en el resto de la población. Pueden aparecer en cualquier momento tras el trasplante, aunque inciden con más frecuencia cuando el paciente trasplantado se incorpora a la vida normal (a partir del 4º-6º mes posttrasplante).
La infección por adenovirus es especialmente frecuente en la población pediátrica. En general, produce un cuadro de fiebre con faringitis, coriza y conjuntivitis, pero ocasionalmente puede producir cistitis hemo-rrágica, neumonía y hepatitis grave. No existe, por el momento, ningún tratamiento antivírico eficaz en las infecciones por adenovirus.
No se conoce con exactitud la importancia de la infección por el virus influenza en los pacientes trasplantados, aunque existen múltiples comunicaciones de casos donde este virus ha producido neumonía grave. Amantadina y rimantadina, administrados de forma precoz han demostrado su utilidad en el tratamiento de las infecciones por influenza. Los inhibidores de la neuraminidasa (zanamivir, oseltamivir) han demostrado una eficacia moderada en el tratamiento de la gripe en pacientes adultos e inmunocompetentes, pero no existe experiencia sobre su utilización en pacientes trasplantados.
La infección por parainfluenza y virus respiratorio sincitial (VRS) es especialmente importante en trasplantados en edad pediátrica, donde pueden ser causa de infecciones pulmonares graves. La ribavirina administrada en aerosol es utilizada, en ocasiones para el tratamiento de la infección grave por VRS. Su eficacia en la población trasplantada se desconoce. Los efectos secundarios más importantes de la ribavirina son anemia hemolítica, rash cutáneo e irritación conjuntival. Por su potencial efecto teratógeno, se debe evitar el contacto directo de pacientes tratados con ribavirina con mujeres embarazadas.
Los receptores de un trasplante de órgano sólido tienen un elevado riesgo de desarrollar infección anogenital por papilomavirus. Asimismo tienen una incidencia mayor que la población inmunocompetente de tumores de cérvix asociados a dichos virus. El tratamiento de las infecciones por papilomavirus consiste en la aplicación local de podofilox. El uso de interferon a -2 intralesional ha demostrado ser también eficaz en esa indicación. De manera anecdótica cidofovir, tanto en aplicación local como administrado por vía intravenosa, ha sido ensayado en esta infección vírica.
Casos de leucoencefalopatía multifocal progresiva causada por el virus JC se han descrito en receptores de un trasplante renal. Asimismo el virus BK se ha asociado con el desarrollo de cistitis hemorrágica y estenosis ureteral en pacientes trasplantados. Cidofovir ha mostrado ser moderadamente eficaz en el tratamiento de la infección por el virus JC en algunos pacientes con SIDA. No existe ninguna experiencia sobre su utilización en pacientes trasplantados donde, además, el fármaco podría tener un perfil de toxicidad muy desfavorable.
La infección por parvovirus B19 es rara en el paciente trasplantado. Sin embargo, existen descripciones de casos aislados de neumonía, aplasia medular y hepatitis grave en receptores de trasplante hepático y cardíaco. El tratamiento con dosis elevadas de inmunoglobulina ha demostrado ser eficaz en el tratamiento de la anemia grave en pacientes infectados por el VIH. Se desconoce su eficacia en el tratamiento de la infección por parvovirus B19 en otros órganos y específicamente en la población trasplantada.
En la Tabla 3 se resume el tratamiento en el paciente trasplantado de las infecciones víricas distintas de las producidas por virus del grupo Herpes.
La infección por el VIH es considerada, por lo general, como una contraindicación para recibir un trasplante de órgano. En los casos en los que la infección por VIH no era conocida, o incluso de manera inadvertida se ha transmitido con el órgano, la evolución de la función del injerto ha sido similar a la de otros pacientes. Sin embargo, la utilización de inmunosupresores para impedir el rechazo parece acelerar la progresión de la infección VIH en estos enfermos.
La escasa experiencia existente sobre el binomio VIH-trasplante es, en general, anterior a la terapia antirretroviral altamente eficaz. A la vista de la buena evolución de muchos pacientes infectados por el VIH tratados con estos nuevos tratamientos, algunos grupos comienzan a plantearse la posibilidad de ofrecer el trasplante de órganos a determinados pacientes con infección por el VIH.
| Anexo I |
Definiciones de la enfermedad por CMV (Conferencia de Consenso Internacional, Estocolmo 1996).
Síndrome
viral:
Presencia
de fiebre > de 38,2º C durante más de 3 días
consecutivos con o sin leucotrombocitopenia junto con un hemocultivo o una
antigenemia francamente positiva y en ausencia de otras causas que
justifiquen la fiebre.
Neumonía:
Síntomas
clínicos de infección pulmonar más infiltrado radiológico
o bien hipoxemia junto con la detección de CMV en el LBA o en una
biopsia pulmonar.
Enfermedad
gastrointestinal:
Síntomas
gastrointestinales (diarrea sanguinolenta, hemorragia digestiva, dolor
etc..) más la demostración histológica de la
presencia de CMV en biopsias de lesiones del tracto gastrointestinal.
Hepatitis:
Anormalidades
de la bioquímica hepática compatibles con hepatitis más
la presencia de signos histológicos inequívocos de infección
por CMV, o bien la presencia de signos histológicos compatibles más
la demostración simultánea del virus en el hígado
mediante cultivo o inmunohistoquímica.
Infección
diseminada:
Afectación de 2 o más órganos.
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Tabla 1. Tratamiento de la infección por herpesvirus (excluido el virus de Epstein-Barr) en pacientes trasplantados.
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Tabla 2. Tratamiento de las diferentes entidades asociadas a la infección por el virus de Epstein-Barr en los pacientes trasplantados.
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Tabla 3.- Tratamiento de las infecciones víricas distintas de las producidas por herpesvirus en pacientes trasplantados.
Las infecciones fúngicas son la tercera causa de infección en el trasplantado de órgano sólido, después de las infecciones bacterianas y víricas. La mortalidad de las formas invasoras en estos pacientes es superior al 50% debido a la dificultad del diagnóstico precoz, la moderada efectividad del tratamiento para las infecciones causadas fundamentalmente por Aspergillus spp., las dificultades en el uso de ciertos antifúngicos por su toxicidad o interacción con los fármacos inmunosupresores y la poca experiencia en las estrategias de prevención. La incidencia de la infección fúngica invasora varía según el tipo de órgano trasplantado (Tabla 1). Los receptores de un trasplante hepático o pulmonar son los pacientes que tienen una mayor incidencia de este tipo de infección. Estas grandes diferencias entre los receptores de los diferentes tipos de órgano, están relacionadas con diferencias en la técnica quirúrgica y con la tendencia a administrar más tratamiento inmunosupresor a los receptores de órganos diferentes al riñón.
Los hongos más frecuentes en los receptores de un trasplante de órgano sólido son Candida spp., Aspergillus spp., Cryptococcus neoformans, los zigomicetales y Pneumocystis carinii. Candida spp. y Aspergillus spp. son los agentes causales de más del 80% de los episodios. Candida spp es la etiología más frecuente para la mayoría excepto para los receptores de un trasplante de pulmón y corazón en los que la infección fúngica está causada predominantemente por Aspergillus spp.
Los factores de riesgo para infección fúngica invasora han sido estudiados en el trasplante hepático y a partir de estos estudios podemos sacar conclusiones en otros tipos de trasplante (Tabla 2). Los más importantes son el tratamiento con corticoides y antibióticos pretrasplante, la colonización con hongos y la situación clínica antes del trasplante, la cirugía complicada en la implantación del injerto y diferentes variables posttrasplante, como la necesidad de reintervención, la utilización excesiva de antibióticos, la enfermedad por CMV, el exceso de inmunosupresión, el rechazo crónico y el retrasplante.
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