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El término "endocarditis infecciosa" engloba un grupo variado de infecciones cuya característica comun es la invasión microbiana del endocardio valvular o mural. Cada una de estas infecciones tiene aspectos epidemiológicos, microbiológicos, clínicos, pronósticos y terapeúticos propios, lo que determina el gran polimorfismo que tradicionalmente se ha considerado característico de la endocarditis infecciosa.
La etiología microbiana de la endocarditis infecciosa es por lo tanto múltiple, cambiante y depende de diversos factores epidemiológicos y de la naturaleza de la valvulopatía subyacente. No obstante el 70%-80% de los casos de endocarditis están producidos por microorganismos que habitan los nichos ecológicos de las personas y muestran capacidad de adherirse al endocardio y a trombos fibrinoplaquetarios preformados en los bordes valvulares. Estos microorganismos son, por lo general, distintas especies de los géneros Streptococcus, Staphylococcus y Enteroccoccus.
La asociación de endocarditis con el consumo de drogas parenterales es un fenómeno relativamente nuevo. La mayoría de estas infecciones endocárdicas están producidas por Staphylococcus aureus de origen cutáneo aunque en ocasiones pueden producirse "epidemías" debida a organismos ambientales.
El aspecto esencial de la terapeútica de la endocarditis infecciosa es la correcta selección del antibiótico o combinacion de antibióticos. Dicha selección depende de la identificación del microorganismo productor de la infección en hemocultivo u otra muestra clínica y del conocimiento de su sensibilidad in vitro.
Otros factores que deben ser considerados son dependientes de los fármacos y aquí cabe citar la potencia antimicrobiana, el perfil de seguridad, la tolerabilidad y el costo, así como la experiencia adquirida mediante su uso. Aunque en las endocarditis agudas es preciso iniciar el tratamiento empírico de inmediato, para evitar la progresión del daño valvular y abortar las consecuencias sistémicas de la infección, en las endocarditis subagudas o crónicas la demora del tratamiento en unos pocos días carece de trascendencia pronóstica, siendo preferible esperar el aviso del laboratorio de que "algo está creciendo" y poder hacer un diagnóstico seguro. Esto es aún más importante en pacientes que han recibido antibióticos que pueden negativizar temporalmente la bacteriemia. En estos pacientes a veces es preciso retrasar el inicio del tratamiento más de una semana para conseguir hemocultivos con mayores posibilidades diagnósticas.
La cantidad de bacterias en las vegetaciones cardiacas es muy elevada, del orden de 108 -1010UFC/gramo. Según los clásicos estudios de Durack y Beeson, los microorganismos se distribuyen tanto por la superficie como por el interior de la vegetación. Mientras que en la superficie las bacterias se multiplican de forma exponencial, los estudios con alanina marcada demostraron que en el centro de las vegetaciones la bacterias muestran muy escasa actividad metabólica, expresión de una baja actividad replicativa. Los antibióticos, en especial los que actúan contra la pared celular, son muy eficaces frente a los microorganismos de las capas externas en proceso de multiplicación continua. Estos son responsables de la bacteriemia, la fiebre y otros síntomas sistémicos observados en la endocarditis. Por eso los pacientes con endocarditis producidas por estreptococos del grupo viridans o enterococos que son tratados con penicilinas mejoran con rapidez y la bacteriemia desaparece en pocos días. Si tras un breve periodo de administración el tratamiento se suspende, la recidiva es prácticamente segura a partir de la población microbiana situada en las capas más profundas de la vegetación. Por todas estas razones y por la escasa capacidad del sistema celular fagocítico para controlar la infección, la curación de la endocarditis infecciosa va a depender de la administración de antibióticos bactericidas en altas dosis durante períodos prolongados.
Aunque es posible curar algunas endocarditis con antibióticos bacteriostáticos, el tratamiento óptimo requiere la administración de antibióticos bactericidas. La capacidad bactericida de un antibiótico puede medirse en el laboratorio mediante tests in vitro estandarizados (concentración mínima bactericida o CMB y curvas de mortalidad) y en general existe una correlación razonable entre los resultados in vitro, los estudios in vivo y las observaciones clínicas. Un antibiótico se considera bactericida cuando su CMB frente a un determinado organismo es igual o ligeramente superior (una o dos diluciones) que la concentración mínima inhibitoria (CMI). Los más utilizados son las penicilinas, la vancomicina y los aminoglicósidos. En algunas circunstancias se utilizan también cefalosporinas, fluoroquinolonas y rifampicina. Frecuentemente se emplean combinaciones de antibióticos para conseguir o incrementar la actividad bactericida.
Los enterococos son tolerantes a la acción bactericida de los antibióticos betalactámicos y la gran mayoría de las cepas productoras de endocarditis muestran una sustancial diferencia (100 o más veces ) entre la CMI y la CMB, Este fenómeno tiene un gran significado clínico porque la monoterapia con penicilinas determina un elevado porcentaje de fracasos terapéuticos. La actividad bactericida, sin embargo, puede obtenerse combinando un antibiótico activo frente a la pared celular (penicilina o vancomicina) con un aminoglicósido. En ocasiones, se observa tolerancia en estreptococos del grupo viridans y en Staphylococcus aureus, pero en estos casos la trascendencia clínica del fenómeno no ha sido suficientemente probada y la mayoría de los pacientes pueden ser tratados eficazmente con penicilinas.
El incremento de actividad bactericida resultante de la combinación de dos antibióticos se denomina sinergismo y se define como el efecto neto superior a la suma algebraica de cada uno de los antibióticos usados separadamente. Para que una combinación sea sinérgica se precisa que ambos antibióticos sean bactericidas y que actúen por mecanismos distintos (ej. penicilina y gentamicina).
La actividad bactericida está en función de la concentración de los antibióticos y del tiempo durante el cual ocurre la interacción microorganismo/antibiótico. Idealmente los antibióticos deberían alcanzar concentraciones al menos iguales y preferiblemente superiores a la CMB en los focos tisulares. Los antibióticos betalactámicos no exhiben aumento de actividad bactericida en paralelo a sus concentraciones, sino que determinan una acción bactericida sostenida mientras que sus concentraciones sean las adecuadas. Su actividad depende más del tiempo durante el que actúan que de las concentraciones. Paradójicamente concentraciones muy por encima de la CMB pueden producir un efecto significativamente menor que el observado con concentraciones equivalentes o poco superiores a la CMB. La actividad bactericida de los aminoglicósidos es dependiente de su concentración, observándose un aumento de la misma cuando los niveles del fármaco exceden de 5 a 10 veces la CMB.
Los antibióticos cuya actividad es dependiente del tiempo deben ser administrados de manera que sus niveles séricos y a poder ser tisulares, estén siempre por encima de la CMB. Esto, relativamente fácil de conseguir en una endocarditis estreptocócica, puede resultar imposible en una infección enterocócica. Afortunadamente los antibióticos mantienen una cierta actividad antimicrobiana a concentraciones inferiores a la CMI. incluso concentraciones muy por debajo de la CMI, en el rango de la llamada concentración mínima antibiótica (MAC), determinan alguna actividad antimicrobiana. El denominado efecto postantibiótico consiste en una supresion del crecimiento microbiano cuando las concentraciones del antibiótico están por debajo de la CMI y puede medirse como el tiempo que tardan las bacterias en volver a multiplicarse tras cesar la exposición al antibiótico. Este efecto, diferente según los distintos antibióticos y los microorganismos frente a los que actúan, se estima en 1,5-3 horas para los antibióticos betalactámicos y glicopéptidos frente a las bacterias gram-positivas causantes de endocarditis. Su importancia, sin embargo, no ha sido nunca probada en modelos in vivo.
Es importante dosificar los antibióticos de manera que se consigan concentraciones elevadas durante el mayor tiempo posible para promover su penetración al interior de las vegetaciones y evitar el recrecimiento bacteriano. Como algo más del 90% de la dosis administrada se elimina en 4 vidas medias, las penicilinas deberían dosificarse cada 3-4 horas, la vancomicina cada 12 horas y los aminoglicósidos cada 8-12 horas. Respecto a los aminoglucósidos existen evidencias cientificas, tanto en el modelo experímental como en humanos, de su eficacia administrados en dosis única diaria.
La medida de la actividad bactericida del suero (ABS) y su utilidad en el control del tratamiento han sido motivo de amplio debate. La ABS no puede considerarse como un test obligado que deba realizarse para garantizar la idoneidad del tratamiento. Una actividad bactericida en el "pico" y el "valle" igual o superior a 1:32 y 1:8 respectivamente, se asocia con curación bacteriológica en más del 90% de los casos. Sin embargo, la actividad bactericida, como cualquier otro test de laboratorio, no puede predecir el curso de los acontecimientos clínicos que son dependientes de multitud de factores.
Distintas sociedades médicas norteamericanas y europeas han formulado recomendaciones para el tratamiento de la endocarditis infecciosa. Las más ampliamente aceptadas han sido las de la American Heart Association. En base a las mismas, aquí solo detallaremos el tratamiento antimicrobiano de las formas más comunes.
El grupo viridans incluye una variedad de especies, siendo las más frecuentemente aisladas S. sanguis, S. oralis (S. mitis), S. salivarius, S. mutans y otros. Constituyen la causa más corriente de endocarditis subaguda. Streptococcus bovis son estreptococos del grupo D sensibles a penicilina que producen endocarditis en pacientes con cirrosis hepática, cáncer de colon y otras enfermedades intestinales.
Algunos estreptococos del grupo viridans tienen características biológicas que complican su aislamiento o su tratamiento. Pueden presentar deficiencias nutricionales que impiden su crecimiento en agar sangre y dificultan por tanto su diagnóstico. Streptococcus defectivus requiere caldo suplementado con piridoxal o cisteína.
Otros estreptococos son tolerantes a penicilina y presentan CMB/CMI > 32. En los modelos experimentales estas cepas son lisadas más lentamente por la penicilina. No obstante, no hay datos clínicos que indiquen que las mismas sean más difíciles de tratar por lo que la demostración de tolerancia no tiene implicaciones terapeúticas en el momento actual.
Endocarditis
por estreptococos del grupo víridans o S. bovis
sensibles a la penicilina (CMI < 0,1 mcg/ml)
La tabla 1 muestra los diferentes regímenes recomendados. Se pueden esperar porcentajes de curación superiores al 98% en pacientes que completen un ciclo de tratamiento de cuatro semanas de penicilina a dosis de 12-18 millones de unidades/24 h o de ceftriaxona 2 g en dosis única diaria.
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Tabla 1. Tratamiento antibiótico de la endocarditis infecciosa producida por microorganismos usuales
La
adición de gentamicina a la penicilina determina efecto bactericida
sinérgico tanto in vitro como in vivo y la
combinación de ambos antibióticos, durante 2 semanas,
consigue porcentajes de curación bacteriológica equivalentes
a los de la monoterapia con penicilina o ceftriaxona administradas durante
4 semanas, La combinación de ceftriaxona con metilmicina,
administradas ambas en monodosis diaria durante 2 semanas, es igualmente
eficaz y equivalente en cuanto a porcentajes de curación. Estos
tratamientos abreviados deben reservarse para pacientes con infecciones no
complicadas, con clínica de corta duración y sin factores de
riesgo de toxicidad por aminoglicósidos. No se recomiendan para
pacientes ancianos, personas con función renal cambiante, con
abscesos extra o intracardiacos o con válvulas protésicas.
Tampoco pueden emplearse regímenes cortos para tratar infecciones
por estreptococos con deficiencias nutricionales.
Los pacientes con
infecciones sobre prótesis son tratados durante 4-6 semanas, las
dos primeras combinando penicilina con aminoglicósidos.
Aunque en el pasado se utilizaba estreptomicina, el aminoglicósido de elección en la actualidad es la gentamicina. La facilidad con que se determinan sus niveles séricos, su menor toxicidad oto-vestibular y la ausencia de resistencia de alto nivel entre estreptococos la hacen preferible. La resistencia de alto nivel a estreptomicina (CMI >1000 mcg/ml) aunque rara, ha sido descrita.
Endocarditis por estreptococos del grupo viridans moderadamente resistentes o resistentes a la penicilina (CMI > 0,1 mcg/ml)
Para el tratamiento de estas infecciones, la combinación de penicilina con gentamicina está siempre indicada. Cuando la CMI de los estreptococos a penicilina es mayor de 0,1 mcg/ml pero menor de 0,5 mcg/ml, el tratamiento de elección es penicilina 24 millones unidades/24 horas durante 4 semanas más gentamicina durante las primeras 2 semanas. Las infeciones producidas por estreptococos resistentes (CMI < 0,5 mcg/ml) deben ser tratadas como las endocarditis enterocócicas. En los pacientes con endocarditis protésica la penicilina se prolongará hasta las 6 semanas.
Los enterococos causan en torno al 10% de los casos de endocarditis infecciosa. Aunque se conocen 12 especies diferentes, la mayoría de las endocarditis están producidas por E. faecalis y una pequeña proporción por E. faecium y E. durans. El tratamiento de la endocarditis enterocócica es más complejo debido a la menor sensibilidad de los enterococos a la penicilina y el resto de los antibióticos betalactámicos y por su tolerancia a la acción bactericida de los antibióticos. Esta relativa insensibilidad a la penicilina se refleja en una CMI más elevada (CMI90 2 mcg/ml).
Las penicilinas se comportan como antibióticos meramente bacteriostáticos frente a enterococos y concentraciones incluso muy elevadas no ejercen accion bactericida apreciable (CMB/CMI> 100). Los enterococos son uniformemente resistentes a cefalosporinas. La combinación de penicilina, ampicilina o vancomicina con algunos aminoglicósidos determina actividad bactericida frente a estos microorganismos. Dicha actividad bactericida es dependiente de la acción del aminoglicósido que en presencia de un antibiótico que interfiera la síntesis de la pared celular, es capaz de penetrar hasta el citoplasma bacteriano y saturar los ribosomas 30s bloqueando la síntesis de proteínas esenciales.
La resistencia de los enterococos frente a aminoglicosidos es un fenómeno de gran importancia clínica, porque impide la sinergia bactericida cuando se combinan con penicilinas. Habitualmente los enterococos son moderadamente resistentes a aminoglicósidos y por lo general las CMIs exceden con mucho las concentraciones séricas que pueden alcanzarse durante el tratamiento con estos antibióticos. Esta resistencia natural no evita la sinergia con penicilinas. La llamada resistencia de alto nivel (CMI > 2.000 mcg/ml) a estreptomicina o gentamicina es la que hace del todo imposible la sinergia bactericida.
La resistencia de alto nivel a estreptomicina fue descrita en los años 70 y se encuentra en la actualidad en el 30%-50% de los enterococos productores de endocarditis. La resistencia a gentamicina debida a un enzima bifuncional (2"fosfotransferasa-6'acetiltransferasa) ha sido descrita con posterioridad y es aún más relevante porque determina resistencia a gentamicina y al resto de los aminoglicósidos con excepción de la estreptomicina. Aunque debida a enzimas inactivadores diferentes, a menudo los enterococos resistentes a gentamicina son también resistentes a estreptomicina. Esto ha determinado la aparición de casos de endocarditis enterocócica frente a los que se carece de terapia bactericida alguna. No obstante una significativa minoría de los enterococos altamente resistentes a gentamicina (en torno al 20%) son sensibles a estreptomicina y pueden tratarse eficazmente con combinaciones de penicilina con estreptomicina.
Con la excepción de la estreptomicina y la gentamicina, el resto de los aminoglicósidos no deben utilizarse rutinariamente en el tratamiento de la endocarditis enterocócica. Ni sus CMIs predicen su comportamiento in vivo ni tampoco la posibilidad de sinergia bactericida.
Los casos cada vez más frecuente de endocarditis producida por enterococos resistentes a todos los aminoglicósidos, deben tratarse con altas dosis de ampicilina (18 gr/24h) durante 6-8 semanas. La experiencia histórica sugiere que con este régimen podrían curarse 30-50% de los pacientes. La asociación de ampicilina con cefotaxima o ceftriaxona tiene efecto sinérgico bacteriostático in vitro y podría mejorar los resultados de la monoterapia con ampicilina. Los casos que recidivan deberían considerarse posibles candidatos quirúrgicos. La tabla 1 muestra las recomendaciones terapeúticas para los casos producidos por E. faecalis.
El tratamiento prolongado con aminoglicósidos puede causar toxicidad. Por ello es preciso medir sus niveles séricos periódicamente. Las concentraciones de gentamicina de 3 mcg/ml en el pico e iguales o menores de 1 mcg/ml en el valle se consideran no tóxicas y eficaces para la gran mayoría de los casos. Las concentraciones de estreptomicina no deberían exceder los 20 mcg/ml en los picos.
La duración del tratamiento de la endocarditis enterocócica es de 4-6 semanas. Los pacientes con infecciones sobre válvulas naturales cuya duración es menor de 3 meses pueden ser tratados con éxito durante solo 4 semanas. Los pacientes con endocarditis protésica o aquellos en los que la duración de los síntomas antes del diagnóstico es superior a 3 meses deben ser tratados durante 6 semanas con combinaciones sinérgicas. En cualquier caso, el número de fracasos puede alcanzar el 20%.
Tanto S. aureus como los estafilococos coagulasa negativos (principalmente S. epidermidis y en mucha menor medida S. hominis, S. lugdunensis y otros) son agentes frecuentes de endocarditis. S. aureus causa endocarditis izquierda y característicamente endocarditis tricuspídea en adictos a drogas parenterales. Mientras que la endocarditis derecha en adictos tiene una mortalidad menor del 10%, la endocarditis estafilocóciea de la válvula mitral o aórtica tiene una mortalidad del 25-40%. La primera puede ser curada con antibióticos administrados durante periodos relativamente cortos pero la segunda requiere tratamiento prolongado y con frecuencia la sustitución valvular.
Más del 95% de los aislados de S. aureus son productores de betalactamasas y por ello resistentes a penicilina. Las penicilinas isoxazólicas, en nuestro medio la recomendaciones de tratamiento son diferentes dependiendo de que la infección ocurra sobre válvulas naturales o protésicas, ambas posibilidades serán discutidas por separado.
Endocarditis
estafilocócica sobre válvulas naturales
La
combinación de cloxacilina con gentamicina produce efecto
bactericida sinérgico tanto in vitro como in vivo.
Los estudios clínicos controlados no han podido sin embargo poner
de manifiesto que dicha combinación disminuya la morbimortalidad de
la infección. El único efecto beneficioso observado ha sido
un acortamiento de la bacteriemia y del periodo febril a expensas de
mayores tasas de toxicidad renal. Por tal motivo, en un intento de
disminuir el daño valvular y sistémico, se recomienda añadir
gentamicina a la cloxacilina durante los primeros 3-5 días de
tratamiento. La tabla 1 muestra las recomendaciones terapeúticas
para la endocarditis por S. aureus. Para las pocas especies
sensibles a la penicilina, la penicilina G en dosis de 24 millones de
unidades/24 h es el tratamiento de elección.
Las personas alérgicas a penicilina pero sin historia de shock anafiláctico pueden ser tratadas con cefazolina sódica o, en caso contrario, con vancomicina. La aparición de infecciones por S. aureus resistentes a meticilina (SARM) en los últimos años ha determinado un gran uso de vancomicina en tratamientos empíricos. La dosificación más conveniente de la vancomicina respecto a la cloxacilina, que puede ser administrada cada 12 h en vez de cada 4 h, junto a la creencia de que la actividad de ambos antibióticos es superponible, ha favorecido este uso exagerado. Los datos disponibles indican, sin embargo, que la cloxacilina es más rápidamente bactericida que la vancomicina frente a S. aureus y que los pacientes con endocarditis estafilocócica tratados con cloxacilina tienen un periodo de fiebre y bacteriemia más corto que los tratados con vancomicina. Por estas razones, no se debería utilizar vancomicina en la endocarditis por S. aureus sensibles a cloxacilina. La alergia grave a penicilinas constituye una excepción a lo anterior.
Un elevado porcentaje de los estafilococos coagulasa negativos y una proporción creciente de S. aureus son resistentes a cloxacilina y al resto de los antibióticos betalactámicos. La vancomicina es el tratamiento de elección para estas infecciones. A menudo estas cepas son resistentes a múltiples antibióticos incluyendo gentamicina. En el caso de sensibilidad a gentamicina, la adición de este antibiótico puede producir sinergia aunque con riesgo de toxicidad y escasos beneficios clínicos. La teicoplanina no debería utilizarse como equivalente de la vancomicina en la endocarditis producida por estafilococos resistentes a cloxacilina.
El uso de la rifampicina en la endocarditis estafilocócica es controvertido. A pesar de su potente actividad in vitro, no se puede utilizar sola porque rápida e invariablemente aparecen mutantes resistentes. El efecto in vivo cuando se combina con cloxacilina, vancomicina y gentamicina es imprevisible. Puede observarse sinergia, antagonismo o indiferencia por lo que no debe emplearse rutinariamente. Se han comunicado casos aislados de éxito cuando se añadió a un tratamiento que fracasaba. En endocarditis por S. aureus resistente a meticilina, la combinación de rifampicina y vancomicina no fue superior a la monoterapia con vancomicina.
Endocarditis
estafilocócica sobre válvulas protésicas
Los
estafilococos coagulasa negativos son la causa más frecuente de la
endocarditis protésica que ocurre dentro del primer año tras
la sustitución valvular. La práctica totalidad de estas
infecciones están producidas por especies resistentes a meticilina.
Los modelos experimentales y la experiencia clínica indican que la
triple combinación de vancomicina con gentamicina y rifampicina es
la mejor terapia disponible. La vancomicina y la rifampicina se
administran durante 6 semanas y la gentamicina las 2 primeras semanas
(Tabla 1). La sensibilidad a la gentamicina no es segura. En ocasiones una
fluoroquinolona puede sustituir al aminoglicósido en un intento de
evitar el desarrollo de resistencia a rifampicina. Es muy importante
recordar que la gran mayoría de los casos de endocarditis protésica
por estafilococos coagulasa negativos que han curado, han necesitado
sustituir la válvula infectada.
La endocarditis protésica por S. aureus es una enfermedad devastadora rápidamente progresiva. La asociación de cloxacilina con rifampicina y gentamicina constituye el tratamiento de elección. Las infecciones producidas por S. aureus resistentes a meticilina deben ser tratadas como la endocarditis por estafilococos coagulasa negativos según el apartado anterior.
La endocarditis causada por estos cocobacilos gramnegativos de crecimiento lento en botes comerciales de hemocultivos es infrecuente. Se estima que del 2% al 5% de todas las endocarditis están producidos por microorganismos del grupo HACEK. La frecuencia de cada uno de los distintos géneros es difícil de determinar pero puede cifrarse en sólo 0.8%-1,3%.
Hasta ahora estos microorganismos eran susceptibles a la ampicilina pero han empezado a publicarse aislamientos productores de betalactamasas en casos de endocarditis. Por esta razón el uso de cefalosporinas de 3ª generación, amoxicilina/clavulanato y fluoroquinolonas en el tratamiento de estos casos va siendo cada vez más frecuente.
El tratamiento con ampicilina sola durante 3 semanas ha sido utilizado con éxito anteriormente. Sin embargo, cefotaxima (2 g/iv/6h) o ceftriaxona 2 g iv o im, cada 24h administradas durante 4 semanas son ahora el tratamiento de elección. Las especies sensibles pueden ser tratadas con ampicilina 12 g/24 h divididas en 6 dosis con o sin gentamicina 1 mg/Kg/8h durante 3-4 semanas. En casos de hipersensibilidad a betalactámicos puede emplearse aztreonam o fluoroquinolonas. Las infecciones que ocurren sobre válvulas protésicas deben ser tratadas durante 6 semanas.
En la actualidad un máximo de un 5% de pacientes con endocarditis infecciosa tienen hemocultivos negativos, si se utilizan criterios estrictos para su diagnóstico. Las causas que pueden originar esta situación son la aplicación de técnicas microbiológicas inadecuadas, la infección por microorganismos de lento crecimiento o con necesidades nutricionales especiales, o bien, por agentes que usualmente no se aislan en los hemocultivos (ej.: Bartonella spp., Legionella spp., Aspergillus spp., etc.) y, fundamentalmente por la administración de antimicrobianos de forma previa a la toma de muestras para hemocultivos. La toma previa de antimicrobianos puede reducir la positividad de los hemocultivos en un 35%40% de los pacientes con endocarditis infecciosa.
En los pacientes con hemocultivos inicialmente negativos se ha de prolongar el período de incubación de los frascos de hemocultivos hasta al menos 3 semanas después de su obtención, previo aviso al laboratorio de Microbiología. Asimismo, se ha de realizar una observación cuidadosa de los frascos al menos 1 vez por semana, con el objetivo de detectar signos de crecimiento bacteriano. Además de ello, es conveniente en todos los casos realizar un primer estudio serológico de infeccion por microorganismos inusuales, como Brucella, Legionella, Coxiella, Chlamydia y Bartonella.
En los pacientes con síndrome clínico compatible con endocarditis que han recibido tratamiento antibiótico antes del diagnóstico y los hemocultivos son negativos, la terapia empírica puede retrasarse varios días si no hay un cuadro tóxico grave y no existe evidencia clínica o ecocardiográfica de regurgitación valvular importante o progresiva o de fallo cardíaco congestivo.
El diagnóstico serológico de un agente etiológico de la endocarditis o el aislamiento del mismo en la prolongación de la incubación de los hemocultivos hacen necesario aplicar un tratamiento antimicrobiano específico para cada caso. En aquellos pacientes con todos los resultados negativos o no significativos de infeccion activa, en general se recomienda administrar una pauta de cobertura eficaz para la endocarditis enterocócica, con ampicilina asociada a gentamicina, añadiendo un fármaco activo frente a S. aureus, como la cloxacilina, si la endocarditis es aguda o activo frente a bacilos gramnegativos del grupo HACEK, como la ceftriaxona, si el cuadro clínico es subagudo.
La incidencia global de endocarditis bacteriana en adictos a drogas parenterales se estima en 1,5-20 episodios por 1.000 pacientes y año. La afectación valvular en esta población se distribuye de la siguiente manera: válvula tricúspide en 40-70% de los casos, válvula aórtica y mitral en 20-30% y afectación múltiple en 5-10%.
Características
clínicas
Además
de la fiebre y la sintomatología relacionada con la bacteriemia, el
30% de los pacientes con afectación tricuspídea tienen dolor
pleurítico. Los síntomas pulmonares dominan el cuadro clínico,
con una frecuencia de embolismos pulmonares sépticos en casi el 90%
de las ocasiones. Los signos clínicos de insuficiencia tricuspídea
sólo están presentes en el 30% de las ocasiones.
En general, el diagnóstico no suele ser dificultoso. Al igual que en la endocarditis izquierda se han propuesto criterios diagnósticos de certeza, proba posibilidad (tabla 2).
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Tabla 2. Criterios diagnósticos de endocarditis tricuspídea
Aunque la mortalidad relacionada con la endocarditis derecha es baja(<10%) en comparación con la izquierda (>l5%), las complicaciones cardiopulmonares, neurológicas, renales, abdominales o en extremidades pueden causar una significativa morbilidad. La mortalidad de la endocarditis derecha entre los pacientes con infección por VIH, no afectos de SIDA, es similar a la observada en los pacientes sin infección por VIH.
Agentes
etiológicos
Aunque
se han descrito aspectos diferenciales geográficos para explicar
una mayor incidencia de algunos agentes en determinadas zonas, como es el
caso de Pseudomonas spp., que algunos han relacionado con el uso
de pentazocina o tripelenamina, la gran mayoría de estas
endocarditis (más del 80%) están producidas por S.
aureus. Otros agentes implicados son: Streptococcus spp.
(particularmente los estreptococos betahemolíticos de los grupos A,
B y G), Enterococcus spp., otros bacilos gramnegativos, como Serratia
spp., y Candida spp., especialmente especies diferentes de
Candida albicans.
Tratamiento
antimicrobiano
La
afectación mayoritariamente de cavidades derechas en la
endocarditis del adicto convierte a ésta en una entidad
diferenciada del resto de las endocarditis respecto a su tratamiento. La
terapéutica de las endocarditis izquierdas en este tipo de
pacientes no difiere, desde el punto de vista médico, del aplicado
a la población general.
En general, independientemente del agente, la antibioterapia ha de basarse en los datos de sensibilidad a los aislamientos y en la farmacocinética de los antibióticos utilizados. En la mayoría de casos la evolución es favorable con antibioterapia únicamente, a pesar de complicaciones pulmonares o fiebre prolongada. Los embolismos sépticos pulmonares ocurrenfrecuentemente tras el inicio del tratamiento, pero no afectan el pronóstico ni son indicación de recambio valvular. No parece existir correlación entre el tamaño de la vegetación visualizada por ecografia y la probabilidad de embolización, sin embargo, algunos estudios han demostrado una mortalidad del 33% en endocarditis con vegetaciones mayores de 2 cm, respecto a una mortalidad del 1,3% en las vegetaciones menores de 2 cm.
Antes de iniciar la antibioterapia ha de garantizarse la adecuada obtención de hemocultivos. El tratamiento empírico hasta disponer de los resultados de éstos debe basarse en la prevalencia geográfica, aunque mayoritariamente irá dirigido a la cobertura frente a S. aureus. Dada la baja prevalencia de S. aureus resistente a meticilina en las bacteriemias extrahospitalarias, el tratamiento empírico puede iniciarse con una isoxazolpenicilina (cloxacilina, oxacilina o núcilina) ó una cefalosporina de primera generación (cefazolina).
Tradicionalmente, la terapia de la endocarditis derecha por S. aureus incluía 4 semanas de antibióticos parenterales. Sin embargo, en la última década se ha confirmado la eficacia de pautas cortas durante dos semanas con cloxacilina y aminoglucósidos, o incluso cloxacilina en solitario (Tabla 3).
A pesar de la favorable experiencia, los candidatos a recibir pautas cortas con cloxacilina, con ó sin aminoglucósido, deben ser seleccionados y cumplir los siguientes requisitos: padecer una infección por S. aureus sensible a meticilina, afectación exclusiva de válvulas derechas y ausencia de compromiso hemodinámico, complicaciones embólicas o metastásicas, diferentes a las pulmonares. Algunos también excluyen del tratamiento con pautas cortas las endocarditis con vegetaciones superiores a 2 cm. A las 2 semanas conviene una adecuada valoración y, si se estima recomendable, prolongar la antibioterapia con betalactámicos hasta completar 4 semanas.
Series con reducido número de pacientes y seleccionados, en ausencia de compromiso hemodinámico o afectación izquierda, han demostrado la eficacia de pautas orales con ciprofloxacina y rifampicina durante 28 días. Esto facilitaría el tratamiento ambulatorio de este tipo de pacientes, no obstante en los 2 estudios publicados se realizaron con hospitalización de los pacientes durante todo el tratamiento, garantizando así su correcta cumplimentación.
Los resultados con glicopéptidos, vancomicina o teicoplanina, en endocarditis por S. aureus son peores que con betalactámicos. Los períodos de bacteriemia son más prolongados y hacen indicado el tratamiento mantenido (al menos durante 4 semanas), en los casos en que por resistencia o hipersensibilidad a betalactámicos no se pueda utilizar cloxacilina.
El uso combinado y prolongado de penicilina (o vancomicina) junto con aminoglucósidos para garantizar un efecto sinérgico constituye el tratamiento recomendado en la endocarditis enterocócica.
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Tabla 3. Tratamiento antibiotico de la endocarditis infecciosa derecha por S. aureus
Los betalactámicos a dosis elevadas son el tratamiento de elección en las endocarditis causadas por bacilos gramnegativos, en función de los estudios de sensibilidad. La adición de aminoglucósidos a dosis altas (mayores o iguales a 1,5 mg/Kg/8 h o a 4,5 mg/Kg/24 h de gentamicina o tobramicina) puede ser necesario en algunas etiologías (P. aeruginosa).
Tratamiento
quirúrgico
Las indicaciones de cirugía en
el adicto con endocarditis son básicamente las mismas que en el
paciente no adicto. Suelen ser el desarrollo de insuficiencia cardiaca y
la persistencia de sepsis o embolismos sépticos sistémicos.
No existen series que hayan comparado el papel de la cirugía en
estos pacientes. Aunque algunas series recientes han mostrado resultados
favorables, en general la morbimortalidad es elevada, relacionada con un
retraso en la indicación con sepsis evolucionada, o bien, asociada
con complicaciones secundarias a la colocación de prótesis
mecánicas en estos pacientes, con alto riesgo de recidivas por la
adicción y ausencia de cumplimentación de las medidas de
anticoagulación. Algunos cirujanos recomiendan la excisión
de la tricúspide o la reparación no sustitutiva valvular
como procedimiento quirúrgico en estos pacientes, al menos en un
primer tiempo y si técnicamente es posible, y posponer el recambio
valvular para los pacientes que desarrollen a largo plazo insuficiencia
cardiaca.
La endocarditis infecciosa representa actualmente la 4ª causa de muerte por una enfermedad infecciosa, después de la neumonía y las sepsis de origen urinario e intraabdominal. La mortalidad fue prácticamente del 100% hasta la década de los 40 cuando aparecieron antimicrobianos eficaces para su terapéutica, pero ha sido la cirugía la que ha supuesto una mejora considerable en el pronóstico de la enfermedad en la fase aguda y en la supervivencia a largo plazo, al corregir disfunciones valvulares progresivas. Hoy en día, la sustitución valvular se utiliza junto con el tratamiento antibiótico en al menos el 25% de los pacientes con EI en su fase aguda, aunque hasta un 40% de los pacientes curados con tratamiento médico precisarán un recambio valvular tardío por las lesiones producidas por la endocarditis.
El conocer las indicaciones de la cirugía, así como el momento más adecuado para realizarla parece fundamental. En la actualidad, la elección del momento de la intervención, es uno de los puntos más controvertidos. Mayoritariamente se considera adecuado realizarla precozmente en los casos que sea necesario sin esperar a la esterilización de la válvula. La técnica utilizada depende del grado de destrucción tisular y tiene como objetivo la extirpación de los tejidos infectados y la reconstrucción de las estructuras destruidas, o en su defecto, la implantación de prótesis cardiovasculares.
Indicaciones
de la cirugía en la endocarditis infecciosa
Insuficiencia cardíaca
La insuficiencia cardíaca
refractaria, es la principal indicación de cirugía en la EI.
Cuando la EI se complica con insuficiencia cardíaca congestiva, la
mortalidad con tratamiento médico es superior al 50%, por lo que
existe un amplio consenso sobre la indicación quirúrgica en
presencia de esta complicación. La actitud más habitual de
estabilizar el proceso con tratamiento médico (posponiendo la
intervención) puede ser contraproducente, especialmente en
pacientes con insuficiencia cardíaca refractaria, donde la
mortalidad si hay retraso en la intervención puede pasar de un 17%
a un 33%. El estado hemodinámico del paciente y no la actividad, de
la infección es el factor crítico determinante del momento
de la cirugía.
En pacientes con insuficiencia aórtica aguda grave y fallo cardíaco, donde la mortalidad está por encima del 50%, hay que considerar siempre la cirugía urgente, la cual supone una mejoría en el pronóstico.
Complicaciones
locales supurativas
Entre ellas se incluyen los abscesos
perivalvulares y los abscesos miocárdicos. Estos abscesos son
factores predictivos de mayor mortalidad, desarrollo de insuficiencia cardíaca
y necesidad de cirugía cardíaca. Los abscesos, aparte de ser
reservorio para los microorganismos, pueden infiltrar el miocardio o el
septo interventricular y abrirse en otras cámaras cardíacas
originando disfunciones valvulares, dehiscencias protésicas, fístulas
o bloqueos cardíacos.
La mortalidad de los abscesos está cercana al 50%, por lo que su hallazgo habitualmente mediante la ecocardiografía transesofágica, conlleva un planteamiento quirúrgico. Aunque la mayor parte de los pacientes precisan cirugía, un pequeño grupo podrán ser tratados sólo con antibioterapia, correspondiendo el mismo a pacientes que no presenten ninguna de las circunstancias siguientes: evidencia de bloqueo cardíaco, progresión ecocardiográfica del absceso durante el tratamiento, dehiscencia o insuficiencia valvular. Estos pacientes han de ser monotorizados con ecocardiografías transesofágicas seriadas, en intervalos de 2, 4 y 8 semanas después de contemplar el tratamiento antibiótico.
Infección
no controlada
La persistencia del proceso séptico
durante mas de una semana con un tratamiento antibiótico correcto
es indicativo para la mayoría de autores de realización de
cirugía. Como la presencia de abscesos renales, esplénicos o
cerebrales pueden ser responsables de persistencia de la fiebre, deberán
ser descartados mediante pruebas de imagen antes de ser considerada la
cirugía cardíaca.
Embolias
sistémicas múltilples
De un 22% a un 50% de los pacientes con
EI presentan embolismos sistémicos, correspondiendo en más
del 65% al sistema nervioso central. Ésta es una indicación
tradicional que excluye embolismos cutáneos o los que aparecen
antes del inicio del tratamiento antibiótico. Como el riesgo de
embolismo disminuye de manera significativa a partir de la 2ª semana
de tratamiento antibiótico, el beneficio de la cirugía será
mayor durante la fase más precoz de la EI, teniendo que sopesarse
los riesgos del reemplazamiento valvular.
Actualmente el momento de realizar una intervención quirúrgica con el fin de evitar embolismos sistémicos en la fase precoz de la EI, donde el riesgo es mayor, debe ser individualizado en cada paciente, cuando otros factores predictores de curso complicado (ej: embolismos recurrentes, insuficiencia cardíaca, microorganismos muy agresivos o resistentes o presencia de válvula protésica) están presentes. La ecocardiografia puede servir de ayuda para decidir un tratamiento quirúrgico si detecta verrugas grandes (de tamaño superior a 10 mm) en la válvula mitral, especialmente en la valva anterior, o no aprecia disminución del tamaño de las vegetaciones durante un tratamiento antibiótico adecuado, al asociarse estas alteraciones ecocardiográficas con un mayor riesgo de embolismo.
Si el paciente ha tenido un embolismo cerebral con infarto isquémico, algunos autores prefieren esperar 2 ó 3 semanas antes del reemplazamiento valvular con el fin de minimizar los riesgos de la anticoagulación a nivel del sistema nervioso central. Si el infarto es hemorrágico, la cirugía se deberá retrasar el mayor tiempo posible, idealmente hasta completar el tratamiento antibiótico y detectarse una mejoría en el estado neurológico del paciente.
Terapia
antimicrobiana ineficaz
La mayor parte de los autores
consideran las EI producidas por hongos y levaduras, especialmente las
causadas por Aspergíllus spp., una indicación
absoluta de tratamiento quirúrgico combinado con tratamiento antifúngico,
a causa de los malos resultados obtenidos con tratamiento médico
solo. En las endocarditis por Candida spp. que afectan a las válvulas
derechas o en aquellas en las que hay afectación de las válvulas
izquierdas con riesgo quirúrgico inaceptable puede intentarse un
tratamiento antimicrobiano indefinido con azoles, a pesar de que la
probabilidad de progresión de la infección puede persistir
con dicha terapéutica.
La endocarditis de las válvulas izquierdas causadas por determinados bacilos gramnegativos, como Pseudonionas aeruginosa o Serratia spp., por su rápida capacidad de agresión tisular o resistencia a la antibioterapia, son motivo de indicación de cirugía para algunos autores. Asimismo, cuando el clínico se encuentra ante una EI izquierda causada por S. aureus o por S. agalactiae, deberá tener muy en cuenta la posibilidad quirúrgica por ser estos unos microorganismos muy destructivos. Aunque esta postura puede parecer demasiado drástica, la intervención no debe demorarse si existen indicios de extensión de la infección, que se detectaran mediante ecocardiografías seriadas.
Mención especial son las EI causadas por microorganismos, como Coxiella burnetti y Brucella spp., cuyos tratamientos no son bactericidas. En estos casos la asociación de cirugía de recambio valvular al tratamiento antibiótico prolongado puede ser el medio para controlar la infección.
Endocarditis
sobre válvula protésica
La EI protésica precoz
(diagnosticada en el primer año tras el recambio valvular), causada
fundamentalmente por estafilococos, tiene una mortalidad superior al 50%
en la mayoría de las series, demostrándose que con el
tratamiento combinado médico-quirurgico presenta unas cifras de
mortalidad inferiores de forma significativa a la terapia médica
aislada.
De un 40 a un 65% de los pacientes con prótesis cardíaca son candidatos a tratamiento quirúrgico, debiéndose individualizar el momento de la cirugía para evitar el desarrollo de una insuficiencia cardíaca refractaria o la destrucción de los tejidos perivalvulares. Las situaciones en el que se debe de evaluar la cirugía en la EI sobre válvula protésica (Tabla 4) son similares a las de pacientes con una EI sobre válvula nativa, pero teniendo en cuenta la mayor implicación que tiene la cirugía realizada precozmente en el mejor pronóstico del paciente con El protésica precoz. Alternativamente hay un grupo de pacientes con EI protésica en el que el tratamiento antibiótico es tan eficaz como el combinado con cirugía. Este grupo incluye pacientes con EI tardías (después de un año del recambio valvular) infectados por microorganismos menos invasivos (estreptococos del grupo viridans, bacterias del grupo HACEK, enterococos) con menor riesgo para desarrollar complicaciones.
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Tabla 4. Situaciones en las que se debe evaluar el tratamiento quirúrgico en la endocarditis protésica
Consideraciones
en el paciente que precisa cirugía
Los
pacientes que estaban recibiendo tratamiento anticoagulante previamente al
desarrollo de la EI deberán sustituir los preparados dicumarínicos
por heparina, con el fin de poder realizar una cirugía urgente. En
el caso de que se trate de una EI causada por S. aureus algunos
autores prefieren suspender la terapia anticoagulante por el riesgo de
hemorragia cerebral, al menos hasta la estabilización del proceso séptico
tras el inicio del tratamiento antimicrobiano.
La duración del tratamiento antibiótico después de la cirugía es otro punto controvertido, con tendencia a prolongarse los tratamientos excesivamente después de la misma. Actualmente parece que sólo debe mantenerse un ciclo completo de un régimen estándar de antibióticos después de la cirugía cuando el cultivo de la válvula es positivo, no resultando útiles la presencia de una tinción de Gram positiva ni datos histológicos de inflamación. Si el cultivo de la válvula es negativo, la suma del tiempo de tratamiento pre y postoperatorio deberá ser igual a la recomendada para el microorganismo especifico.
Las infecciones relacionadas con estos dispositivos son hoy un tema de permanente actualidad y la gran expansión de su uso ha obligado a que los clínicos debamos estar familiarizados con sus complicaciones. La infección de un marcapasos (MP) es un proceso de graves consecuencias, cuya incidencia se cifra entre el 1% y el 7% de todos los implantes, según las series más recientes.
La endocarditis en pacientes portadores de MP la definiríamos como la evidencia de que el proceso ha reba sado los elementos del electroestimulador y asienta también sobre tejido endocárdico, normalmente sobre la zona donde está anclado el extremo distal del cable, aunque también puede afectarse la válvula tricúspide e inclusive las válvulas izquierdas (siembra "a distancia" tras superar el filtro pulmonar o bien a través de un foramen ovale permeable). Es bastante más rara, estimándose su frecuencia entre el 0,07% y el 0,15%, aunque muy posiblemente debido a las dificultades inherentes a su diagnóstico, su incidencia real sea muy superior. No todos los autores utilizan los mismos criterios para definirla, por lo que merece la pena citar los de Arber (tabla 1), que son una modificación de los ya conocidos de Von Reyn.
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Tabla 1. Criterios diagnósticos de endocarditis por MP#
Las manifestaciones clínicas van a depender del tipo de infección (del generador, del generador y los electrodos o de los electrodos), del lugar de implantación (intraventricular o epicárdico), del microorganismo implicado y de las complicaciones que sucedan. Un MP puede infectarse en el momento de su implantación o, más frecuentemente, tras una o varias manipulaciones posteriores: recambio de las pilas del generador, recolocación del generador por decúbito, recambio del sistema por rotura o mal funcionamiento de los electrodos. Las infecciones de MP podemos dividirlas según el tiempo en que tardan en aparecer después de su implante o de una eventual manipulación en precoces (<3 meses) ó tardías (>3 meses). Las infecciones precoces suelen estar acompañadas de síntomas locales por infección del generador: dolor, eritema, fluctuación y/o supuración. La fiebre suele ser de escasa entidad y los hemocultivos no tienen mucha rentabilidad si la infección no se ha extendido a los cables. En cambio, el cultivo local es bastante fiable. Cuando esto sucede suelen realizarse diversas manipulaciones para su control: limpieza y desbridamiento del "bolsillo" donde está colocado el generador, recambio de éste o recolocación en otra ubicación diferente. A veces, el exudado inflamatorio no es claramente purulento y si no se toman cultivos que alerten sobre el proceso, el diagnóstico de infección puede no establecerse, catalogándose, por ejemplo, como decúbito, extrusión o rechazo. El tratamiento para controlar la infección local puede parecer exitoso en un principio, pero no es raro que meses después se reproduzcan los síntomas locales (especialmente con microorganismos de baja virulencia, como los estafilococos coagulasa negativos), en ocasiones acompañados de síntomas o signos sistémicos: fiebre alta continua o episódica (84-100%), escalofríos (75-84%), trombosis venosa (25-35%), embolismos pulmonares (25-45%) o diseminación del proceso a distancia (por ejemplo, una espondilitis). En ocasiones pueden no aparecer o ser muy poco aparentes los síntomas locales (algo de dolor y poco más) y manifestarse exclusivamente los sistémicos. Esto da lugar a que no se de importancia a la manipulación realizada meses atrás, buscándose otro proceso alternativo causante de la infección y retrasándose considerablemente el diagnóstico. Gran parte de las infecciones etiquetadas de tardías han presentado síntomas mucho antes, que no fueron suficientemente valorados.
Como en la mayoría de las infecciones sobre prótesis. los microorizanismos grampositivos son responsables del 80% de las infecciones sobre MP Staphylococcus aureus y Staphylococcus epidermidis se reparten a partes iguales este porcentaje, predominando uno u otro según la serie analizada. Otros microorganismos mucho menos frecuentes pero que deben ser tenidos en cuenta son las enterobacterias (6-8%), Pseudomonas aeruginosa (3-5%) y Candida albicans (l-2%). Diversas especies de enterococos, estreptococos, Corynebacterium y Aspergillus son también agentes etiológicos que pueden suponer, cada uno de ellos, hasta un 1% en diversas series de la literatura.
La fiebre en un paciente portador de MP es un hecho que debe motivar siempre a la preocupación. Ha de realizarse una anamnesis exhaustiva en la que se detallen fechas de implante, tipo y manipulaciones posteriores (que pueden haberse realizado muchos meses atrás, motivando el olvido del paciente y su familia). Debe explorarse cuidadosamente la existencia de síntomas locales en el generador y tomar cultivos de la zona cuando exista un exudado a dicho nivel. Sin embargo, los síntomas locales no siempre están presentes y, además, la negatividad de un cultivo local no descarta la posibilidad de una infección del sistema. Por tanto, deben de realizarse siempre hemocultivos seriados y ante el aislamiento repetido de cocos grampositivos extremar el grado de sospecha de una infección de todo el sistema. En cambio, el aislamiento de microorganismos gramnegativos, especialmente más allá de tres meses del implante o manipulación (cuando ya se ha producido la neoepitelización), ha de mirarse con cautela y obliga a buscar otras posibilidades diagnosticas (figura 1). En ausencia de síntomas o complicaciones sistémicas y con hemocultivos repetidamente negativos, puede establecerse el diagnóstico de infección exclusivamente local y actuar en consecuencia, aunque siempre es deseable un período de estrecha vigilancia, ya que la infección de todo el sistema puede manifestarse poco tiempo después.
Como prueba de apoyo al diagnóstico, la ecografía transesofágica (ETE) ha demostrado ser un instrumento muy útil, ya que permite visualizar vegetaciones no solo en las válvulas sino también en el endocardio ventricular y a lo largo de los electrodos del MP. Su rendimiento es muy superior a la ecografía transtorácica (ETT) y creemos que es obligado solicitarla ya que la opción terapéutica que se elija debe tener en cuenta sus hallazgos. Otra prueba que puede ser útil en momentos de duda diagnóstica es la gammagrafía pulmonar de ventilación-perfusión que puede mostrar embolismos pulmonares múltiples. La gammagrafía con leucocitos marcados no ha validado los prometedores resultados iniciales que mostró en algunos estudios y es causa frecuente de falsos positivos, por lo que no es una prueba recomendable.
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Figura 1. Actitud ante el paciente portador de MP con infección de todo el sistema o cables exclusivamente
Los diversos abordajes terapéuticos de la infección por MP no han sido objeto de estudios controlados, por lo que es difícil proponer pautas de actuación refrendadas por una suficiente evidencia científica. Las recomendaciones aquí expresadas se derivan de un análisis de los principales trabajos sobre el tema y de la experiencia personal de los autores.
Ante toda infección de MP es preciso definir en primer lugar si es exclusivamente local (generador) o, en cambio, están también afectados los electrodos. En el caso de infección local exclusivamente, el método más seguro es la retirada de todo el sistema, lo cual aconsejamos en MP endocavitarios de reciente implante y también en los epicárdicos cuyas complicaciones locales (pericarditis, mediastinitis) pueden ser desastrosas. Sin embargo, a los 6 meses del implante la punta de los MP endocavitarios se rodea de un fuerte anillo fibrótico que hace muy difícil su retirada por tracción simple, pasados 12 meses la extracción sin cirugía es realmente un acto complicado que solo puede realizarse en centros con experiencia acumulada que dispongan de un Servicio de Cirugía Cardíaca, en previsión de actuación frente a posibles complicaciones. Por tanto, en los casos en que se juzgue dificil o casi imposible la retirada del sistema por tracción es preciso sopesar los riesgos de una eventual retirada mediante cirugía cardíaca. Si el riesgo operatorio es inasumible puede optarse por una cirugía local, exclusivamente si el agente etiológico es S. epidermídís, dado que en otras etiologías el fracaso es la norma. Debe realizarse entonces una limpieza de la zona con amplio desbridamiento y proceder a la recolocación del generador en otra localización, del mismo lado, de la que se esté seguro de su esterilidad. Como esta recolocación homolateral no es siempre posible, en ocasiones es necesario colocar un sistema nuevo completo en el lado contralateral, dejando in situ los cables del antiguo sistema. Este proceder ha demostrado ser de poco riesgo en el caso de que los electrodos no estén infectados y aunque otras complicaciones son posibles (trombosis del sistema venoso al existir dos o cuatro electrodos en su interior, interferencias eléctricas por contacto de electrodos, etc.), evitar una esternotomía para la retirada del sistema puede compensar sobradamente. Debe administrarse además tratamiento antibiótico dirigido contra el microorganismo responsable, iniciándolo días antes de la manipulación, para evitar en la medida de lo posible una extensión del proceso al intervenir sobre la zona séptica. El tiempo total del tratamiento no está definido aunque la mayoría de los autores se inclinan por 2-4 semanas. La colocación del nuevo generador o del nuevo sistema definitivo, según la mayoría de autores, es preferible realizarla transcurrido este tiempo, procediendo en el intervalo a colocar un sistema transitorio mediante electrodos epicárdicos o MP endocavitario, o incluso utilizando los electrodos no retirados que se conectarían a otro generador en pacientes completamente dependientes del MP. Con esto se disminuiría la posibilidad de que también se infecte el nuevo sistema. Sin embargo, no hay evidencia científica alguna que sostenga este proceder y parece poco probable una infección de, por ejemplo, un nuevo sistema contralateral desde una infección local del antiguo sistema, máxime cuando ya han transcurrido varios días de tratamiento antimicrobiano, por lo que hay pocas razones para sostener esta demora tan prolongada en la implantación del nuevo sistema definitivo, que va a prolongar la estancia hospitalaria del paciente, al ser mientras tanto dependiente de un sistema transitorio. Un resumen de las opciones disponibles se detalla en la tabla 2.
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Tabla 2. Alternativas terapéuticas en las infecciones de las MP
En los casos de infección de todo el sistema o de los electrodos exclusivamente estamos ante una auténtica urgencia médica. Debe iniciarse tratamiento antimicrobiano por vía sistémica de manera inmediata para controlar la sepsis y evitar complicaciones potencialmente mortales (shock séptico, embolismos, afectación de válvulas izquierdas ... ). Transcurrido el más breve plazo posible (en el transcurso de la primera semana) se procederá a la retirada de todo el sistema, a ser posible mediante tracción. Si ésta no es exitosa se ha de retirar al menos el generador, implantándose en ese mismo momento un sistema endocavitario transitorio o epicárdico o incluso conectar los cables no retirados a un generador externo transitorio. Puede plantearse entonces, en un segundo tiempo, la retirada de los electrodos mediante cirugía cardiaca o derivar al paciente a un centro especializado con más experiencia en la retirada mediante tracción. La tracción de los electrodos mediante pesos que se incrementan progresivamente (hasta un máximo de 1 kg) o la tracción manual intensa presentan importantes complicaciones tales como arritmias ventriculares, desgarros ventriculares, daños en la válvula tricúspide y síndrome de bajo gasto cardiaco, entre otras, por lo que ha de realizarse por personal experimentado y siempre con el apoyo de una eventual cirugía cardiaca en el caso de complicaciones.
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Tabla 3. Técnicas para la extracción de los marcapasos
Aunque existen múltiples técnicas de tracción (Tabla 3), actualmente la más empleada es la contratracción. Existe un sistema comercial con el instrumental completo (Cook Pacemaker Corporation, Leechburg, PA) consistiendo la técnica en introducir un primer sistema con una terminación en forma de espiral que se enrosca en la punta del MP implantado. Este sistema de bloqueo va a permitir realizar a través de él la tracción, que se ejercerá, en toda su intensidad, sobre la punta del ME disminuyendo por tanto el riesgo de rotura del electrodo. A continuación, utilizando el electrodo del MP y el cable de bloqueo como guía, se introducen una o dos vainas flexibles (normalmente de Teflón o polipropileno) y telescopadas (una por dentro de la otra) que van a ejercer un mecanismo de contratracción sobre el tejido endocárdico donde está implantada la punta del MP. De esta manera, la tracción ejercida sobre la punta del cable del MP por el sistema de bloqueo es contrarrestada por la presión de las vainas sobre el tejido, con lo cual se evitan tracciones excesivas sobre el tejido endocárdico, disminuyendo el riesgo de complicaciones y facilitando el despegamiento del MP. A pesar de ello, pueden producirse roturas con el consiguiente abandono de fragmentos endovasculares. Para retirar estos fragmentos o también, en el caso de que no pueda ejercerse una tracción manual adecuada (por ejemplo, porque en una retirada previa del generador se cortaran también parte de los electrodos del MP y éstos se hallan introducido completamente en el sistema venoso de la cava superior), pueden usarse forceps en forma de pinza introducidos por vía superior o bien cestas o lazos para tracción a través del sistema venoso inferior (vía femoral). Otro de los riesgos de la tracción es la alta probabilidad de embolismos pulmonares, especialmente cuando se visualizan vegetaciones adheridas a válvula tricúspide o a los electrodos del MP. Sin embargo, las consecuencias de estos embolismos no suelen ser fatales y en muchos casos son asintomáticos. Algunos autores argumentan que no debería usarse esta técnica cuando el tamaño de la verruga (visible mediante ETE) es mayor de 1 cm, pero esta cifra es totalmente arbitraria y en realidad sólo se han descrito embolismos con grave repercusión clínica en vegetaciones de más de 4 cm de diámetro. Por tanto, la tracción es un mecanismo de retirada que casi siempre debe considerarse de primera elección, aún en presencia de vegetaciones y creemos que solo deben considerarse éstas como una contraindicación si su diámetro es muy superior a 2 cm. Cuando a pesar de todos los esfuerzos, el sistema no pueda extraerse en su totalidad ó existan vegetaciones de enorme tamaño, habrá que recurrir a la cirugía cardíaca. Con respecto a esta última, pueden usarse técnicas que no precisen de circulación extracorpórea (CEC) como la atriotomía o la ventriculotomía apical. Sin embargo, la técnica que permite una mejor visualización del campo operatorio con unas posibilidades de éxito casi completas es la cirugía con CEC. Una vez retirado el sistema completo, debe mantenerse el tratamiento antimicrobiano entre 2 y 4 semanas, utilizando el período más largo en aquellos casos en que se hayan comprobado vegetaciones. Mientras se cumple este período de tratamiento y antes de instalar un nuevo sistema definitivo (casi siempre por vía contralateral), habrá que instalar como es lógico un sistema transitorio (endocavitario o mejor epicárdico) en la mayoría de los pacientes.
Existen casos en la literatura en los que el tratamiento antimicrobiano ha sido capaz por sí solo de erradicar la infección. Sin embargo, es necesario un alto grado de escepticismo con respecto a este punto. Algunos casos descritos de infección de los electrodos exclusivamente por bacterias gramnegativas posiblemente no eran infecciones del MP y sí una bacteriemia de foco conocido o no, en paciente portador de MP. En otros casos bien documentados de infecciones por grampositivos el tiempo de seguimiento ha sido escaso y cabe recordar aquí que, tras un tratamiento antimicrobiano prolongado, los síntomas pueden remitir, volviendo a reaparecer varios meses más tarde. En todo caso, en pacientes en los que haya sido imposible la retirada del sistema mediante tracción y en los que el proceso séptico se controle mediante tratamiento antimicrobiano (lo cual no es infrecuente en ciertas infecciones por estafilococos coagulasa negativos), puede optarse por un tratamiento indefinido si los riesgos de una cirugía cardíaca son inaceptables por las condiciones del paciente. En la figura 2 se muestra un algoritmo orientativo sobre la actuación frente a las infecciones de los MP.
Dada la baja incidencia global de las infecciones por ME sería prácticamente imposible el diseño de un estudio comparativo aleatorizado que demostrase la eficacia de una determinada pauta de profilaxis antimicrobiana, al requerir un tamaño muestral muy grande para obtener el suficiente poder estadístico. Es preciso recalcar aquí que gran parte de las infecciones se producen además no durante la implantación, sino en las manipulaciones posteriores, lo cual haría aún más complejo el estudio. Aunque algunos autores se inclinan por la utilización de una pauta con cloxacilina o una cefalosporina de primera generación, la alta endemia de cepas de S. aureus resistentes a la meticilina, así como la elevada incidencia de infecciones por estafilococos coagulasa negativos obligaría en, muchos centros a utilizar vancomicina, con los efectos secundarios que este fármaco acarrea, además del problema cada vez más acuciante de la aparición de cepas de enterococos resistentes a los glicopéptidos. Sopesando cuidadosamente pros y contras, no hay razones sólidas para recomendar la realización de una profilaxis universal y de hecho, en una encuesta realizada en EE.UU. a principios de los 90 entre los miembros de la Sociedad Norteamericana de Marcapasos y Electrofisiología, la mayoría de los consultados, se mostraron partidarios de no darla.
Conceptualmente se producen del mismo modo que las anteriormente referidas por MP, clasificándose también de la misma forma. Los microorganismos predominantes son también grampositivos y merece la pena resaltar que la incidencia de infección es superior a la de los MP (1-12%), probablemente debido a la mayor agresión quirúrgica que supone su implantación, ya que existen unos electrodos sensores (normalmente endocavitarios) y un generador que precisa de una batería de gran tamaño que normalmente exige implantación en el abdomen y desde el que parten electrodos de cardioversión epicárdicos o también endocavitarios. Los nuevos sistemas son de tamaño mucho más reducido y tanto los electrodos sensores como desfibriladores suelen ser endocavitarios, con un generador mucho más pequeno, que en ocasiones puede implantarse en tórax. Cuando por infección hay que retirar todo el sistema, no hay generalmente necesidad de colocar un desfibrilador transitorio y el paciente debe monitorizarse y tratar de evitar las arritmias posibles mediante fármacos. La reimplantación, curada la infección, de un nuevo sistema debe sopesarse cuidadosamente y merece la pena resaltar que en varios trabajos publicados, hasta un 30% de pacientes han quedado sin un nuevo sistema, sin especiales incidencias en períodos de seguimientos prolongados.
La infección de las prótesis vasculares es una grave complicación que se observa entre el 1 y el 5% de todas las prótesis implantadas, siendo su frecuencia inferior en la reconstrucción de aorta y arterias ilíacas y superior cuando las prótesis abarcan la región inguinal (prótesis aortofemorales ó femoropoplíteas).
Las prótesis vasculares suelen estar hechas de un material sintético (Teflón o Dacrón) que desde el mismo momento de su implante, comienza a ser reepitelizado por una neoíntima que evitará en gran medida infeciones tardías desde un foco distante. Por tanto, la mayoría de las infecciones van a proceder de una contaminación durante el acto operatorio, bien desde un foco adyacente, como el tubo digestivo, muy cercano a la aorta abdominal, o una infección de la herida quirúrgica en la piel de la zona inguinal, que alcanza fácilmente a la prótesis subyacente posiblemente por vía linfática.
El microorganismo más frecuentemente aislado en la mayoría de las series es S. aureus, responsable de infecciones que se manifiestan de manera casi inmediata (<2 semanas) tras la implantación del material protésico. Son también usuales las enterobacterias, procedentes del tracto intestinal y que suelen verse en infecciones de aorta abdominal, y Pseudomonas aeruginosa. Las especies coagulasa negativos de estafilococo suelen aparecer en infecciones de curso lento, que pueden manifestarse muchos meses después de la implantación del material. Hasta un 30% de las infecciones pueden ser polimicrobianas y tampoco hay que olvidar, en aquellas infecciones con hemocultivo repetidamente negativo, la posibilidad de otros agentes como Coxiella burnetii o Brucella spp. En la tabla 1 se muestran las etiologías más frecuentes encontradas en una revisión de cinco series amplias de la literatura.
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Tabla 1. Frecuencia de bacterias aisladas* en infecciones de prótesis vasculares según diversos autores (N=226)
Los síntomas locales van a depender en gran parte del lugar donde esté implantada la prótesis. En las prótesis sobre territorio femoral suele aparecer una masa inguinal, generalmente dolorosa, con eritema e incluso puede haber supuración a través de un trayecto fistuloso que comunica la prótesis con el exterior. En ocasiones es posible ver la prótesis en el fondo de la ulceración. En las infecciones sobre la aorta abdominal los signos no son tan aparentes y suele haber dolor (continuo generalmente), fiebre o febrícula y, en raras ocasiones, una masa palpable. Las complicaciones inherentes a este tipo de infecciones son embolismos a distancia (normalmente en miembros inferiores), signos isquémicos en territorio distal al trombarse la prótesis o sangrados (hemorragia retroperitoneal) cuando hay dehiscencia de la anastomosis o intestinal si se produce erosión de duodeno distal o yeyuno por la masa pulsátil. En ocasiones es posible apreciar una hidronefrosis por compresión de los uréteres.
Si los signos locales son muy evidentes el diagnóstico es fácil. En cambio, en las infecciones en cavidad abdominal la fiebre y el disconfort pueden ser los únicos signos presentes, obligando a la realización de pruebas diagnosticas para confirmar la sospecha clínica. La tomografia computada puede mostrar un pseudoaneurisma, colecciones líquidas o aire adyacentes a la prótesis, así como edema en los tejidos adyacentes o inclusive sangre si hay dehiscencia de la anastomosis. Si existe sospecha de una fístula intestinal, debe administrarse contraste oral o realizar una técnica endoscópica (suelen localizarse en la parte distal del duodeno). En ocasiones es preciso contemplar signos más sutiles, como la clara delimitación de la prótesis de los tejidos adyacentes con los que debería fusionarse transcurridos varios meses. Técnicas de gran valor que muestran además la permeabilidad del dispositivo son la angiografía y, más modernamente, la resonancia magnética de alta resolución. Sin embargo, no siempre es fácil distinguir los signos de infección antes mencionados de los cambios que produce en la zona una cirugía reciente. Los hemocultivos deben cursarse siempre aunque no es infrecuente su negatividad, ya que la infección puede no extenderse hasta la luz o haber recibido el paciente tratamiento antimicrobiano. También puede ser que el microorganismo esté englobado en una biocapa que limite su diseminación continua al torrente vascular. Han de tomarse por tanto cultivos de la prótesis y los tejidos adyacentes en el acto operatorio e incluso son recomendables técnicas de sonicación para aumentar la rentabilidad de estas muestras. Es conveniente el examen histológico de las muestras para comprobar la existencia de cambios compatibles con infección aguda. En caso de que los cultivos sean repetidamente negativos, debe investigarse la posibilidad de infección por C. burnetii o por Brucella spp. por métodos serológicos.
El pilar fundamental para la curación es el tratamiento quirúrgico. La infección de estos dispositivos ocasiona una mortalidad elevada (30-40%) y una frecuente necesidad de amputación de miembros en los supervivientes. Las posibilidades quirúrgicas aumentan cuando el diagnóstico es precoz y la zona de anastomosis no está dehiscente o trombosada. Debe resecarse todo el material infectado con amplio desbridaje de los tejidos que de visu parezca no infectada. En muchas ocasiones no es posible una nueva anastomosis término-terminal, por lo que hay que recurrir a vías extra-anatómicas de derivación para intentar salvar el área irrigada. Esto puede ser muy complejo, por lo que si algún segmento de la prótesis no parece afectado, puede reutilizarse como ocurre en los segmentos femoro-inguinales. Algunos autores mantienen inclusive la prótesis infectada si ésta es permeable y no hay dehiscencia de la anastomosis. Es preciso entonces un desbridaje muy amplio de los tejidos adyacentes, un tratamiento antimicrobiano prolongado (en ocasiones de por vida) y la cicatrización de la herida quirurgica se hace por segunda intención, con lavados frecuentes con povidona, o bien, se utilizan injertos de músculo que pueden rotarse. Con ello puede lograrse salvar el miembro, aunque no es una técnica muy recomendable. Recientemente se han comunicado resultados excelentes utilizando homoinjertos criopreservados que parecen ofrecer más resistencia a la infección.
El tratamiento antimicrobiano debe estar en función del agente causal. Si por cualquier causa no se dispusiera del microorganismo responsable, el tratamiento empírico debería ir encaminado hacia S. aureus en los casos muy precoces y tener en cuenta también bacterias gramnegativas si existen complicaciones digestivas (hemorragia intestinal, fístula, etc.). Si los síntomas de infección aparecen muchos meses después de la cirugía, es obligado pensar en S. epidermidis. En el caso de una adecuada reseccion del material infectado, la mayoría de los autores se inclinan por un tratamiento entre 4 y 6 semanas. Sin embargo, si los cultivos tomados de la zona en teona libre de infección son positivos debe prolongarse el tratamiento antimicrobiano entre 3 y 6 meses.
La frecuencia de pacientes hospitalizados que son sometidos a algún tipo de cateterización intravenosa es muy elevada y en muchas ocasiones esta necesidad supone el criterio de ingreso. Sin duda alguna, la infección constituye la principal complicación de la cateterización intravascular, sobre todo la bacteriemia. Ésta se asocia con mucha mayor frecuencia a los catéteres centrales que a los periféricos, siendo especialmente relevante en los pacientes ingresados en unidades de cuidados intensivos, con una media de 5 bacteriemias por cada 1.000 días de cateterización. La mortalidad relacionada con la bacteriemia asociada a catéter (BAC) en algunos estudios prospectivos ha sido estimada entre un 12 y un 25%, sin embargo un reciente meta-análisis le atribuye únicamente un 3%. Por último, los costes derivados de su manejo varían según el tipo de paciente, catéter o agente causal, pero oscilan entre 3.700 y 29.000 dólares por infección.
Son diferentes los aspectos que influyen en la infección y/o bacteriemia asociada a la cateterización intravascular. Estos incluyen: a) vía de acceso de los microorganismos, b) respuesta del huésped, c) factores relacionados con las diferentes especies microbianas, y d) material utilizado en la composición de los catéteres.
La tabla 1 recoge los criterios establecidos por los Centros Americanos para el Control de las Enfermedades (CDC) para el diagnóstico de infección y/o bacteriemia asociada a catéter. En presencia de signos locales inflamatorios en la puerta de entrada del catéter ó hemocultivos positivos obtenidos mediante venopunción directa, el diagnóstico de certeza de infección asociada a catéter pasa por la retirada de éste y confirmación de la colonización del segmento distal del mismo. Esta queda establecida cuando se observan mediante cultivo semi-cuantitativo la presencia de >15 unidades formadoras de colonias (u.f.c.) tras rodamiento de dicho segmento en placa ó más de 1000 u.f.c./ml si se aplica una técnica cuantitativa.
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Tabla 1. Definiciones de infección asociada a catéter. Recomendaciones de los CDC
En presencia de bacteriemia es posible atribuir el origen de la misma al catéter sin necesidad de retirar éste, mediante la utilización de hemocultivos cuantitativos pareados utilizando métodos de dilución en placa o técnicas de lisis-centrifugación. Si el número de u.f.c. por ml en los hemocultivos obtenidos a través del catéter supera en 4-10 veces el número de u.f.c. por mil en los hemocultivos obtenidos por venopunción directa, la mayoría de trabajos publicados han ratificado una especificidad próxima al 100% y una sensibilidad superior al 90%. En ausencia de cuantificación, la interpretación cualitativa de los hemocultivos siempre es controvertida para el diagnóstico de infección asociada a catéter dado el frecuente papel contaminante de hemocultivos de los agentes habitualmente implicados en la infección de catéter. Entre las circunstancias que apoyan que el catéter sea la fuente real de bacteriemia al utilizar hemocultivos cualitativos se encuentran el aislamiento repetido del mismo microorganismo (por lo menos 2 hemocultivos positivos para especies coagulasanegativo de estafilococos, SCN), el crecimiento en menos de 24-48 h. desde la extracción, la presencia de signos inflamatorios en la inserción del catéter y la ausencia de otro foco evidente productor de bacteriemía. Recientemente se ha comunicado que un adelanto en el crecimiento de los hemocultivos obtenidos a través de catéter de 2 o más horas respecto a los obtenidos a través de vía periférica sugieren una infección de catéter dado el mayor inóculo bacteriano.
Otras técnicas dirigidas al diagnóstico de la infección sin la retirada, como son los cultivos superficiales (piel, conexión o trayecto subcutáneo), las tinciones rápidas en las muestras de la conexión o el cepillado intralumínal, pueden ser útiles en algunas ocasiones, dado el valor predictivo negativo de los primeros o la celeridad en el diagnóstico de los últimos.
¿
Cuándo retirar un catéter con sospecha de infección?
La
Conferencia de Consenso de la Sociedad Española de Medicina
intensiva y Unidades Coronarlas (SEMIUC) recomienda la retirada del catéter
en las siguientes circunstancias: a) catéteres fácilmente
reemplazables, b) signos evidentes de infección local (tunelitis ó
puerta de entrada), c) presencia de embolismos pulmonares, d) implicación
de agentes de conocida morbilidad (p.e. hongos) y e) si se acompaña
de shock séptico ó el cuadro no es controlado en 48-72 h. En
general, si existe sospecha de infección, se debe indicar la
retirada en la mayoría de los catéteres centrales no
tunelizados, cuya retirada y nueva colocación no suelen constituir
para el paciente un riesgo superior al asociado a una infección no
controlada.
El problema es diferente en los casos de catéteres tunelizados o implantados con reservorio subcutáneo, cuya retirada y nueva colocación constituyen un problema técnico relevante y además son utilizados habitualmente en pacientes con unas condiciones basales muy deterioradas. Los intentos de mantener una actitud conservadora en los catéteres con reservorio subcutáneo son menos afortunados que en los tunclizados, por lo que la mayoría se inclinan por su retirada, sobre todo en presencia de signos inflamatorios evidentes, hallazgo que parece ser el que mejor se correlaciona con la infección de estos catéteres. En los catéteres tunclizados, las infecciones del túnel suelen ser graves y frecuentemente asociadas a bacteriemia por lo que existen pocas dudas sobre la necesidad de retirada del catéter en estas circunstancias, independientemente del agente causal. Es, en definitiva, en los casos habituales de bacteriemia asociada, sin signos clínicos locales, donde el tratamiento conservador tiene mayor garantía de éxito.
¿
Cambio mediante guía?
En
1996, los CDC publicaron unas excelentes recomendaciones consensuadas. En
ellas queda explícito que el cambio mediante guía de un catéter
no se debe aplicar si existe certeza de que dicho catéter está
infectado; sin embargo, ya que muchas retiradas son innecesarias, se
recomienda aplicar cuando existen dudas de que la fuente de la infección
sea el catéter. Posteriormente se ha de retirar el catéter
nuevamente colocado mediante guía sólo si los cultivos del
segmento distal del inicialmente retirado muestran colonización del
mismo. No obstante la retirada mediante guía plantea algunos
problemas. Un reciente meta-análisis realizado sobre 12 estudios
comparativos demostró que el cambio mediante guía se asocia
a una mayor frecuencia, aunque no significativa, de colonización,
de infección de la puerta de entrada y de bacteriemia asociada,
aunque el número de complicaciones mecánicas en relación
a la colocación de una nueva vía es claramente inferior.
¿Cuál
es la importancia del agente causal?
El
agente causal debe ser valorado no sólo en la elección de la
antibioterapia específica sino también a la hora de optar
por conservar el catéter. La experiencia obtenida en los casos de
infecciones producidas por levaduras, S. aureus, bacilos
gramnegativos (sobre todo Pseudomonas spp. o Stenotrophomonas
spp.), Bacillus spp. y Corynebacterium JK no es
favorable, con un índice de recidivas muy superiores a la observada
cuando las infecciones son producidas por otros agentes, fundamentales por
SCN. Por tanto, si se va a intentar un tratamiento conservador las mejores
circunstancias para ello son: ausencia de signos inflamatorios en el lugar
de la inserción y estar producida por SCN (más de un 85% de éxitos
en estas circunstancias).
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Figura 1. Algoritmo de actuación en sospecha de infección asociada a catéter venoso central
¿Qué
antibiótico utilizar y cuánto tiempo?
La vancomicina es el tratamiento de
eleccion en las infecciones y/o BAC producidas por Staphylococcus spp.
resistente a la meticilina. La experiencia con teicoplanina es más
reducida, aunque puede ser utilizada con éxito. La duración
del tratamiento no está bien definida, sin embargo 7 días de
tratamiento pueden ser suficientes en bacteriemias por SCN. En S.
aureus la vancomicina es la elección en cepas resistentes a
meticilina, para las cepas sensibles a meticilina el tratamiento lo debe
constituir una isoxazol penicilina, como cloxacilina a dosis de 2 g/4 h
ev, o una cefalosporina de primera generacion, como cefazolina a dosis de
1-2 g/8 h ev. No se han publicado estudios prospectivos y aleatorizados
que definan con exactitud la duración del tratamiento en las BAC
por S. aureus. Sin embargo, existe un consenso en la literatura
que aboga por administrar un mínimo de 10 días de terapia ev
y, en general, la pauta más usual es la de completar un total de 14
días de tratamiento parenteral. Las causadas por Candída
spp. pueden ser tratadas con fluconazol si el agente es C.
albicans o C. parapsilosis; sin embargo, en C. glabrata
o C. kmseí, el tratamiento de elección es la
anfotericina B. En ambas circunstancias la duración no ha de ser
inferior a las 2 semanas.
¿Cómo
tratar sin necesidad de retirar el catéter?
Es recomendable que la antibioterapia
sea administrada a través de las luces del catéter, incluso
de forma rotatoria, y garantizar una exposición antibiótica
mantenida, prolongando la duración de la administración.
La evidencia de esta necesaria exposición prolongada de antibióticos a nivel endoluminal lo constituyen las técnicas que conllevan el sellado endoluminal con antibióticos ("antibiotic-lock technique"). Las experiencias obtenidas son tan favorables, incluso con algunos de los microorganismos anteriormente citados como de mal pronóstico, que hacen recomendar dicha técnica en todos los casos en que se quiera preservar un catéter, aunque hasta la actualidad las series publicadas son cortas y no existen ensayos clínicos aleatorizados. Este sellado consiste en la adición de antibióticos a la solución anticoagulante que se aplica tras el uso del catéter hasta su próxima utilización. Posibilita incluso evitar la necesidad de administración sistémica de antibióticos más allá de la prolongación del cuadro séptico recomendable la utilización del sellado como un tratamiento aditivo y no sustitutivo de la antibioterapia sistémica. Las dosis utilizadas, desde 0,1 mg/ml hasta 5 mg/ml, exceden con mucho la concentración mínima inhibitoria (CMI) de las bacterias a tratar y la de los 1 niveles séricos obtenidos por vía sistémica (Tabla 2). Esto es importante, ya que algunos estudios realizados en superficies plásticas demuestran que los microorga nismos pueden realizar tolerancia (CMB>256 mg/ml) bajo esas concentraciones, lo cual hace sugerir, dada la ausencia de toxicidad, el uso de dosis elevadas.
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Tabla 2. Preparación de las diluciones de antimicrobianos para realizar el sellado de los catéteres vasculares.
Se han utilizado con éxito en el sellado diferentes antimicrobianos, como vancomicina, cefazolina, clindamicina, rifampicina, aminoglucósidos o fluorquinolonas. Ocasionalmente, se han administrado fluconazol o anfotericina B para el tratamiento de infecciones por Candida spp.
En esta modalidad terapéutica es conveniente realizar hemocultivos cuantitativos periódicos (cada 48 a 72 horas) para comprobar una respuesta microbiológica adecuada, basada ésta en una reducción progresiva del contaje de colonias con respecto a las cifras iniciales.
Es preciso recordar que el tratamiento conservador debe llevar siempre implícito una especial vigilancia clínica del paciente, sobre todo en las primeras 48-72 horas. Si pasado este tiempo el paciente sigue con fiebre ó signos sugerentes de infección la retirada del catéter debería plantearse.
¿Cuál
es la actitud en las infecciones complícadas?
La persistencia de fiebre o bacteriemia
tras la retirada del catéter deben hacer sospechar la presencia de
una infección profunda, fundamentalmente tromboflebitis supurada o
endocarditis. Un examen físico que incluya la detección de
nuevos soplos cardíacos, si es preciso mediante la realización
de ecocardiografia, un examen funduscópico ó un estudio de
flujos venosos, mediante ecografía ultrasónica o flebografía,
deben ser necesarios, especialmente en bacteriemias por S. aureus
y Candída spp.
La confirmación de una infección complicada asociada (endocarditis ó tromboflebitis supurada) antes de la retirada del catéter es una indicación absoluta de retirada del mismo. Una vez retirado el catéter la antibioterapia debe ser mantenida en estos casos durante, al menos, 4 semanas.
No existe una evidencia científica del beneficio de la anticoagulación en los pacientes con trombofiebitis séptica. Sin embargo, si no hay una contraindicación absoluta para su uso puede administrarse de forma coadyuvante a la antibioterapia. En accesos venosos con posibilidad de actuación quirúrgica radical debe valorarse esta actitud terapéutica.
¿Qué
hacer si el diagnóstico es posterior a la recuperación de
los síntomas?
La retirada del catéter conduce
en muchos casos a la curación del cuadro clínico en ausencia
de antibioterapia. Si el cultivo del segmento distal confirma un recuento
bacteriano significativo y los síntomas clínicos han
desaparecido totalmente, en general se recomienda la observación
del paciente. La excepción a esto son los pacientes portadores de
materiales protésicos en los que, ante el riesgo de anidación
metastásica, la mayoría de autores recomiendan la
administración de antibioterapia específica.
Si los hemocultivos son positivos a cualquier microorganismo diferente de los SCN tras la retirada del catéter, es conveniente administrar tratamiento antibiótico en todos los casos a pesar de la ausencia de signos clínicos de sepsis.
¿Cuál
es el papel de los anticoagulantes en el tratamiento conservador?
Un tema en debate es el tipo de anticoagulación y sus
interacciones antibióticas. La mayoría de los casos
publicados con sellado endoluminal utilizan heparina como anticoagulante.
Capdevilla et al. no observaron interacción con concentraciones de
vancomicina de 100 a 4000 mcg/ml ó ciprofloxacino entre 100 y 2000
mcg/ml y soluciones de heparina sódica al 5%. No obstante, algunos
estudios han demostrado que el cultivo de SCN puede incrementarse en
presencia de heparina y, por contra, ser inhibido en presencia de EDTA.
Recientemente se ha notificado un cierto sinergismo en la utilización
conjunta de EDTA y minociclina en el tratamiento de BAC por Staphylococcus
spp. En general, aunque incluso se puede manejar la antibioterapia en
ausencia de anticoagulación, la práctica más habitual
es la utilización de heparina a concentraciones bajas (20 unid/ml
de solución de sellado antibiótico o en solución
simple)
La posibilidad de que un catéter desarrolle una infección es el resultado final de multitud de circunstancias, algunas de ellas con mayor repercusión e importancia que otras. Recientemente los CDC, han elaborado unas propuestas de correcto manejo de los catéteres intravasculares basadas en evidencias contrastadas en la literatura médica. Un resumen de las mismas está recogidas en la tabla 3.
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Tabla 3. Evidencia I: metaanálisis de ensayos clínicos aleatorizados. Evidencia IIa: por lo menos un ensayo clínico aleatorizado. Evidencia IIb: idem que IIa pero en catéteres cambiados con guía, Evidencia III: por lo menos un ensayo clínico, no aleatorizado. Evidencia IV: Opinión de expertos o comités. HICPAC: Hospital Infection Control Practice Advisory Committee (CDC).
Las complicaciones en relación con la esternotomía, después de la cirugía cardíaca, pueden corresponder desde una dehiscencia estéril a una mediastinitis supurativa que es la complicación más grave. La infección puede clasificarse en: 1) celulitis superficial, 2) afectación del tejido subcutáneo y necrosis grasa, 3) osteomielitis / condritis y 4) mediastinitis. Un diagnóstico precoz con tratamiento agresivo son factores determinantes en la mejora de la supervivencia.
La incidencia de mediastinitis es relativamente baja. En 1984 Sar y cols encontraron en una revisión de la literatura una incidencia de 0,4 a 5% después de la esternotomía media. En estudios posteriores la incidencia publicada varía entre un 0,4 a un 2,4%, aunque en situaciones de brotes epidémicos puede llegar a un 23,7%. Después de un trasplante cardíaco el riesgo de mediastinitis es algo mayor (2,5%- 7,5%), pero cuando se precisa asistencia mecánica en espera de un posible corazón donante llega a un 35,7%.
El diagnóstico de mediastinitis no siempre es fácil de realizar. Los sítomas se presentan habitualmente dentro de las dos primeras semanas postoperatorias y pueden variar desde febrícula y molestias inespecíficas a fiebre elevada, en ocasiones, como si correspondiera a una sepsis sin foco. El diagnóstico de mediastinitis debe sospecharse especialmente cuando hay alteraciones en la herida quirúrgica con eritema, celulitis o secreción purulenta, sobre todo si se acompaña de inestabilidad esternal en la exploración física, así como en un paciente con mejoría postoperatoria más lenta de lo esperado.
Entre las complicaciones de la mediastinitis se incluye la extensión de la infección a estructuras continuas como pericardio, peritoneo y pleura, causando derrame pericárdico, peritonitis y derrame pleural, aunque esto último es frecuente observarlo en el postoperatorio normal sin acompañarse de mediastinitis.
La leucocitosis y una elevación de la velocidad de sedimentación o de la proteína C reactiva son habituales, aunque estos hallazgos pueden encontrarse en pacientes postoperados no infectados incluso varios días después de la cirugía. Igualmente la radiografía de tórax es de dudosa utilidad para el diagnóstico por su inespecificidad. La TC torácica es el procedimiento de imagen de mayor utilidad para el diagnóstico de mediastinitis con una sensibilidad de cerca del 93% y una especificidad del 82%, en los casos en que la infección se presenta transcurridas más de 2 semanas de la cirugía, ya que muchas alteraciones resultan difíciles de distinguir de los cambios postquirúrgicos normales (aumento de partes blandas, derrame pleural, colecciones líquidas subcutáneas) que ocurren después de la cirugía. El cultivo del electrodo del marca pasos retirado entre el séptimo y noveno día postoperatorio puede resultar, según algunos autores, de utilidad para el diagnóstico, aunque se ha comunicado un elevado porcentaje de falsos positivos. La punción aspirativa del mediatismo puede ser útil, especialmente en casos precoces, y nunca debe olvidarse la extracción de hemocultivos, que pueden resultar positivos hasta en un 50% de los casos. El diagnóstico definitivo de la mediastinitis asociada a la esternotomía media se realiza por el hallazgo de contenido purulento en el mediastino durante el tratamiento quirúrgico de esta entidad.
Aunque la mayoría de los trabajos donde se estudiaron los factores de riesgo que incrementan la tasa de infección de la esternotomía son retrospectivos, se han identificado tres grupos en relación con el momento de la cirugía.
En general, se considera como responsable de la infección postesternotomía la inoculación de la flora endógena del paciente ó del campo quirúrgico y, en menos ocasiones, la diseminación hematógena. La incidencia de los distintos microorganismos suele ser específica de cada hospital así como su patrón de sensibilidad.
Las
bacterias grampositivas son los microorganismos predominantes en las
infecciones relacionadas con la esternotomía, en especial especies
de estafilococos coagulasa negativos. En la mayoría de centros más
del 50% de las mismas están causadas por estas especies. Las
infecciones causadas por microorganismos gramnegativos como Serratia
spp., E. coli, Klebsíella pneumoniae ó
Pseudomonas aeruginosa se presentan casi exclusivamente dentro de
las dos primeras semanas postcirugía.
Mycopiasma spp., Legionella spp., anaerobios, Mycobacterium
spp. y Candida spp. son en raras ocasiones los agentes
causales. En un pequeño porcentaje de pacientes la infección
es polimicrobiana.
Los objetivos de la terapia son controlar y eliminar la infección y conseguir la cicatrización de la herida esternal. El esfuerzo inicial debe ir dirigido al control del proceso séptico, mediante un adecuado y completo drenaje de la herida infectada, con retirada de todos los cuerpos extraños, e iniciar la antibioterapia parenteral. El uso de antibióticos solos de forma prolongada, así como un drenaje quirúrgico no acompañado de una cobertura antibiótica, se asocia con una morbilidad y mortalidad inaceptables.
En los casos en que la infección mediastínica se presenta durante las dos primeras semanas del postoperatorio y en la exploración quirúrgica no se aprecia importante cantidad de material purulento o necrótico, se puede realizar un nuevo cierre primario de la herida tras desbridamiento y colocar un catéter de irrigación de soluciones antisépticas, como puede ser la povidona iodada, durante un mínimo de 3 días, con sus correspondientes tubos de drenaje. Habrá que tener en cuenta que el uso de la povidona iodada se ha asociado con toxicidad al yodo, fracaso renal, acidosis metabólica y convulsiones.
El drenaje de una herida con abundante material purulento puede realizarse con una simple, pero amplia apertura de las partes blandas que cubren el esternón. Es importante en estas ocasiones, una mínima manipulación de los fragmentos óseos y de otros tejidos, para evitar la diseminación sistémica de la infección. La apertura de la herida permite varias curas diarias antes de su cierre definitivo mediante flaps musculares y/o de epiplon, según la cuantía de esternón y partes blandas que deban ser resecadas por necrosis. La persistencia de fiebre en un paciente con la herida de esternotomía abierta nos debe hacer pensar en la existencia de material loculado en zonas profundas y aconseja un desbridamiento más amplio y profundo bajo anestesia general. En los casos recidivantes de infección profunda de esternotomía es también necesario evitar el cierre primario de la herida, una vez efectuado el desbridamiento correspondiente.
En los pacientes con infecciones superficiales puede ser suficiente la realización de un mínimo desbridamiento del lugar de la infección y completar una terapéutica antimicrobiana. Con esta estrategia son excepcionales los casos de recidiva de la infección. La aparición de una supuración esternal al cabo de semanas o meses de una esternotomía son compatibles con la existencia de una infección ósea crónica, que necesita de un tratamiento antimicrobiano prolongado (en general, no inferior a las 12 semanas) tras conocer su etiología y practicar los consiguientes estudios de sensibilidad.
El tratamiento antibiótico inicial debe tener en cuenta los microorganismos más habituales de cada institución, así como sus patrones de resistencia antimicrobiana. La combinación de vancomicina más un monobactámico o una cefalosporina de 3ª o 4ª generación con actividad antipseudomónica puede ser la opción más adecuada hasta conocer los resultados de los cultivos y de los test de sensibilidad. La duración del tratamiento antimicrobiano no debería ser inferior a las 4 semanas en los casos más graves de infecciones profundas de la esternotorma. Los pacientes con heridas superficiales podrán ser tratados en muchas ocasiones durante menos tiempo (10-14 días) y de forma ambulatoria, con cuidados de la herida quirúrgica y antibióticos orales.
La profilaxis antimicrobiana en cirugía cardiotorácica se asocia con una disminución de 5 veces del riesgo de infección de la herida quirúrgica en comparación con pacientes que no la reciben, por lo que su utilización esta justificada a pesar de la inexistencia de estudios amplios aleatorizados de profilaxis.
Las cefalosporinas, como único antibiótico, resultan tan eficaces como un régimen en que se asocie una penicilina antiestafilocócica y un aminoglucósido, resultando a su vez un tratamiento más cómodo, de menor coste y con un bajo riesgo de efectos colaterales. Estudios prospectivos aleatorios no han encontrado diferencias significativas entre cefamandol, cefuroxima y cefazolina como agentes profilácticos, siendo la cefazolina el antibiótico de elección para la mayoría de autores.
Aunque la duración de la profilaxis no está bien establecida, se recomienda administrarla entre 24 y 72 horas (según la experiencia de los distintos centros). En estudios recientes se ha comprobado que una dosis única de una cefalosporina de larga actividad es tan eficaz como una prolongación de la profilaxis durante 24 horas, por lo que se podría realizar una recomendación general de administración de profilaxis antibiótica durante un período no superior a las 24 horas postcirugía. En casos de alergia grave a los betalactámicos se puede utilizar vancomicina con el mismo esquema de administración.
En hospitales donde exista endemia elevada de S. aureus resistente a la meticilina la vancomicina podría ser una alternativa a utilizar en pacientes de riesgo elevado de infección en cirugía mayor, pero haciendo énfasis que lo más importante en estos casos es una adecuada búsqueda de portadores sanitarios y no sanitarios de este microorganismo entre el personal relacionado con el procedimiento.
Además de la profilaxis quirúrgica antimicrobiana, es conveniente intentar disminuir o evitar los factores de riesgo fácilmente corregibles relacionados con el desarrollo de infección de la herida de esternotomía, como puede ser la disminución de la estancia preoperatoria y realizar el rasurado de la piel con navaja, utilizando preferiblemente máquina eléctrica.
Aunque clásicamente la mediastinitis se ha asociado con una mortalidad muy elevada, las mejoras en la técnica quirúrgica y el uso de antibióticos la han disminuido considerablemente, oscilando la misma en la actualidad entre el 10% y el 15%. Se considera fundamental para la mejora en la supervivencia un diagnostico y tratamiento precoz.
Después de que un paciente ha sido tratado de mediastinitis con éxito, debe realizarse un seguimiento adecuado buscando signos de infección recurrente en hueso, cartílago o estructuras adyacente, así como de molestias musculoesqueléticas inespecíficas a nivel de la zona de la esternotomia, que pueden presentarse meses después y ser la única manifestación de recurrencia, como se encontró en una serie en el 13% de los pacientes.
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